Condiciones para la democracia (Robert Dahl)

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Mi copia de La poliarquía. Imagen bajo licencia Creative Commons

Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Robert Dahl. Queda citada por adelantado la obra de la que procede: La poliarquía. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

La obra clásica La Poliarquía del politólogo norteamericano Robert Dahl, publicada por primera vez en 1989, trata las condiciones que hacen posible la existencia y desarrollo de un sistema democrático.

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El gobierno democrático se caracteriza fundamentalmente por su continua aptitud para responder a las preferencias de sus ciudadanos, sin establecer diferencias políticas entre ellos.

Para que un gobierno responda a las preferencias de los ciudadanos sin distinciones políticas, todos ellos deben tener igualdad de oportunidades para:

  1. Formular sus preferencias.
  2. Manifestar públicamente dichas preferencias entre sus partidarios y ante el gobierno, individual y colectivamente.
  3. Recibir por parte del gobierno igualdad de trato, es decir, el gobierno no debe hacer discriminación alguna por causa del contenido u origen de las preferencias de los ciudadanos.

Estas tres condiciones son fundamentales aunque tal vez no suficientes para que exista una democracia. Las instituciones sociales de los países democráticos deben garantizar, además, el cumplimiento y disfrute de las siguientes ocho cláusulas o garantías institucionales:

  1. Libertad de asociación
  2. Libertad de expresión
  3. Libertad de voto (sufragio activo)
  4. Elegibilidad para la cosa pública (sufragio pasivo)
  5. Libertad para que los líderes políticos compitan por apoyos y votos
  6. Diversidad de fuentes de información (pluralismo)
  7. Elecciones libres, justas e imparciales
  8. Instituciones que garanticen que la política del gobierno depende de los votos

Junto a estas condiciones y garantías es preciso considerar dos dimensiones teóricas adicionales para estudiar la democratización de los regímenes políticos:

  1. Una escala que refleje las anteriores ocho garantías nos permitirá comparar los distintos regímenes de acuerdo con la amplitud con la que faciliten la oposición, el debate público o la lucha política.
  2. Una escala que expresara el derecho a participar en el debate público nos permitiría comparar los diferentes regímenes de acuerdo con su capacidad de representación.

Cuando no rige el derecho a oponerse se despoja del derecho a participar de una gran parte de la población. En un país donde exista sufragio universal pero el gobierno sea marcadamente represivo la oposición tendrá muchas menos oportunidades que en otro lugar con sufragio restringido y gobierno más tolerante. En consecuencia, cuando se clasifican los países por su mayor o menor capacidad de representación, los resultados son anómalos.

La democratización consta, pues, de dos dimensiones: debate público (eje x o eje de abscisas) y derecho a participar (eje y o eje de ordenadas).

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Elaborado a partir de Dahl (2009)

La democracia se sitúa en el ángulo superior derecho. Sin embargo, Dahl prefiere hablar de poliarquía a los sistemas democráticos actuales más próximos a este lugar del gráfico. Todo movimiento de un régimen político no democrático (hegemonía cerrada, oligarquía competitiva o hegemonía representativa) hacia el eje superior derecho representa un camino hacia la democratización.

La zona central del gráfico, que carece de nombre, sería el lugar imaginario donde, en la práctica, se situarían la gran mayoría de países del mundo actual.

Resulta útil considerar la democratización como un proceso histórico que comprende transformaciones bien definidas. Una de ellas es el tránsito desde las hegemonías (cerrada y representativa) y oligarquías competitivas a regímenes casi poliárquicos. Tal fue en esencia el proceso sucedido en Occidente durante el siglo XIX.

Otro gran movimiento histórico fue el que se produjo desde las quasipolarquías en poliarquías plenas, que tuvo lugar en los años que median desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Cuando los regímenes hegemónicos y las oligarquías competitivas evolucionan hacia la poliarquía aumentan las oportunidades de participación y de debate auténticos y el número de individuos, grupos e intereses cuyas preferencias hay que considerar al ejercer el poder político.

La transformación de un régimen hegemónico en otro más competitivo o de una oligarquía competitiva en una poliarquía produce una serie de consecuencias muy significativas:

1) Están, en primer lugar, las libertades de corte liberal clásico que forman parte de la definición del debate público y de la participación:

a) Oportunidades para oponerse al gobierno.

b) Oportunidades para formar organizaciones políticas.

c) Oportunidades para expresarse libremente sobre política sin miedo a represalias por parte del gobierno.

d) Oportunidades de leer y oír puntos de vista distintos sobre una misma cuestión.

e) Oportunidades para emitir voto secreto en elecciones competitivas en las cuales los derrotados acepten pacíficamente la victoria del adversario.

Se trata de una serie de libertades que se suelen tomar como algo natural, como una herencia de escasa entidad, sobre todo en países con democracias consolidadas. Sin embargo, sus méritos se agrandan en aquellos otros contextos en los que se han perdido o nunca se han tenido.

2) La participación abierta y la competencia política combinadas originan un cambio en la composición política de los dirigentes, especialmente en aquellos que obtienen un cargo por vía electiva. Cuando en una oligarquía competitiva el sufragio limitado se extiende a la clase media, crece el número de líderes políticos y de miembros del parlamento procedentes de este estrato social. Algo semejante ocurre cuando se le concedieron derechos civiles a la clase obrera.

Esto no equivale a sostener que los dirigentes políticos y los parlamentos son siempre una muestra representativa de los distintos estratos sociales, ocupacionales y demás grupos de importancia presentes en una comunidad política. Bien al contrario, en las cámaras representativas la clase media y las profesiones liberales se encuentran claramente sobre representadas, mientras que la clase obrera tiene una presencia menor, aunque también, por ejemplo, los campesinos y las amas de casa.

Lo que sí puede sostenerse es que el sufragio universal junto con la rivalidad política para la asignación de cargos, en el sentido puramente estadístico, da como resultado parlamentos en general más representativos, individual y políticamente, que en ningún otro sistema.

3) A media que el sistema se hace más competitivo o más representativo, los políticos buscan el apoyo de los grupos que van ganando el acceso a la vida política. Por este motivo, por ejemplo, el nacimiento de los partidos laboristas y socialistas en Europa está íntimamente ligado a la concesión del derecho de voto a los estratos rural y obrero.

Una vez que las clases trabajadoras obtuvieron el derecho a votar, estos partidos laboristas y socialistas organizaron sus actividades con la mira puesta en movilizar estos estratos sociales.

Cuando el sufragio deja de ser exclusivo de los patricios y sus clientes, los viejos partidos y sus facciones basadas principalmente en conexiones sociales con los notables se ven desplazados o reforzados por partidos con más garra para atraer a las clases medias.

La necesidad de movilizar a un electorado mayor dejó vía libre para el desarrollo de las modernas organizaciones partidistas. En la nueva forma de competencia, el partido que quiera sobrevivir tiene que ir en busca de sus miembros, simpatizantes, seguidores y votantes potenciales.

4) En todos los países, cuantas mayores oportunidades haya para expresar, organizar y representar las preferencias políticas, mayor será el número y variedad de preferencias e intereses políticos con probabilidades de estar presentes en la vida política.

El paso de una hegemonía a un régimen mixto y de ahí a una poliarquía hará crecer el número y variedad de preferencias e interese representados en el proceso político, cualquiera que sea el país.

Por último, destacar que el paso de la hegemonía a la poliarquía no es, ni mucho menos, un proceso históricamente inevitable.

El camino hacia la poliarquía

Según Dahl se puede caminar hacia una poliarquía mediante tres caminos:

1) La liberalización precede a la capacidad de representación:

a) Una hegemonía cerrada aumenta las oportunidades de debate público y, por tanto, la transformación en una oligarquía competitiva.

b) La oligarquía competitiva se transforma entonces en una poliarquía, al aumentar la capacidad de representación del régimen.

2) La capacidad de representación precede a la liberalización:

a) La hegemonía cerrada se abre, haciéndose representativa.

b) La hegemonía representativa se transforma después en una poliarquía al aumentar las oportunidades de debate público.

3) La vía rápida: Una hegemonía cerrada se convierte abruptamente en una poliarquía al otorgarse de forma repentina el derecho al sufragio universal y al debate público.

Quizá la secuencia que más comúnmente comparten las poliarquías más antiguas y estabilizadas esté muy próxima a la primera de estas tres trayectorias. Los otros dos caminos son, para Dahl, mucho más peligrosos.

Sea como fuere, una evolución pacífica hacia la poliarquía tiene mayores posibilidades de desembocar en un régimen respaldado por un sentido de legitimidad compartido por la mayoría de la población. Si los que detectan el poder acceden pacíficamente a las demandas y participan en los cambios, si se gana el consentimiento, la legitimidad que pudiere tener el antiguo régimen se transfiere intacta al nuevo, y el proceso de tránsito pacífico adquiere legitimidad.

Sin embargo, si lo que media es un proceso abrupto de derrocamiento revolucionario del antiguo régimen las probabilidades de que parte de la población ponga en tela de juicio la legitimidad del nuevo régimen son mucho mayores.

La utilización revolucionaria del nuevo régimen legitima, asimismo, el empleo de la revolución contra sí mismo, de forma que los años más críticos son sin duda los primeros, que es cuando se ataca su legitimidad y perdura todavía la lealtad al sistema antiguo.

Como resumen, Dahl, aunque reconoce honrosas excepciones, sostiene que las poliarquías estables son más estables si se parte de procesos evolutivos extremadamente lentos y no por el derrocamiento revolucionario de las hegemonías existentes.

Referencias

– Dahl, R. (2009 V. O. 1971): La poliarquía. Participación y oposición. Madrid. Tecnos.

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