Desafección hacia los partidos (Linz)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Juan Linz que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

Juan Linz, en su obra «Los partidos políticos en la política democrática. Problemas y paradojas» sostiene que tanto en las democracias consolidadas como en las menos consolidadas o inestables existe un acuerdo considerable en que los partidos políticos son esenciales para el funcionamiento de la democracia.

Sin embargo, al mismo tiempo la opinión pública suele caracterizarse por una amplia insatisfacción y desconfianza hacia esos mismos partidos políticos.

Que esos sentimientos se den tanto en democracias parlamentarias como en presidencialismos sugiere que las razones pueden ser similares y no estar directamente relacionadas con las formas organizativas de los partidos.

Los partidos en el presidencialismo

Los presidencialismos, por su propia naturaleza, disminuyen el papel de los partidos en la producción y sostenimiento de los gobiernos. El presidente, elegido popularmente, bien puede culpar al congreso y a los partidos de su propio fracaso. Por su parte, los partidos en el congreso pueden sostener que están frenando las políticas autoritarias o populistas del presidente.

En este contexto, quienes apoyan al presidente es posible que sean críticos de los partidos y los presidentes podrían basar sus campañas en apelaciones anti partido.

En el presidencialismo, la misma naturaleza de las elecciones presidenciales tiende a debilitar la posición de los partidos. El presidente no es elegido como líder de un partido. Los candidatos podrían ser outsiders sin ningún vínculo con los partidos, e incluso aquellos elegidos con apoyo de los partidos podrían distanciarse de ellos y pretender estar por encima de los partidos.

En los sistemas presidenciales los miembros del congreso pueden oponerse a las políticas del presidente, votar con la oposición y representar a su base electoral en su distrito sin poner en riesgo la cohesión del partido: sus acciones no amenazan la estabilidad del ejecutivo, como sucede en el parlamentarismo.

La carencia resultante de cohesión, disciplina y compromiso programático o ideológico de los partidos en los sistemas presidencialistas emerge como fuente de insatisfacción con los partidos.

Resulta común criticar la falta de alternativas que puede llevar emparejada un sistema bipartidista. Sin embargo, un sistema multipartidista podría significar que los votantes pierden el control sobre la elección de los gobiernos, que será determinada por las negociaciones entre los partidos.

En consecuencia, mucha gente se sentirá frustrada tanto en los sistemas bipartidistas como en los multipartidistas.

Actitudes hacia los partidos

La crítica a los partidos no refleja un rechazo a la democracia. En muchos países, la gente que da su apoyo a la democracia, y que considera incluso a los partidos como parte necesaria del régimen, expresa también desconfianza hacia esos mismos partidos. Esta dinámica es muy parecida en todos los países.

Muchos ciudadanos se sienten atraídos hacia los símbolos de unidad de la nación, del estado o de la comunidad local. Hasta cierto punto esto explica los altos niveles de confianza en reyes, fuerzas armadas o iglesias.

También explica la atracción de los líderes que se presentan a sí mismos por encima de los partidos. Explica igualmente el resentimiento hacia la actitud de la política partidista.

Sin embargo, al mismo tiempo, la gente siente que algo está mal cuando “todos los partidos son lo mismo” al percibir que los grandes conflictos sociales tienen que ser articulados a través de los partidos. De esta manera, los partidos se enfrentan con expectativas contradictorias.

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En las democracias contemporáneas donde los temas de debate son complejos, las ideologías cada vez menos vinculantes y la política está cada vez más personalizada, las campañas negativas no benefician necesariamente a quienes las emplean y contribuyen, en cambio, a incrementar el cinismo sobre la política.

Linz concluye que los partidos podrían ser las víctimas de las contradicciones inherentes al papel fundamental que tienen en los regímenes democráticos: su función básica es representar los intereses de segmentos específicos de la sociedad en el conflicto institucionalizado, mientras que la mayoría de los ciudadanos continúa valorando la unidad y aferrándose a la noción irreal de que puede haber una unívoca “voluntad general” del pueblo.

A continuación se pasa revista a las principales críticas que han recibido los partidos políticos.

1) Los partidos son “todos iguales”

¿Qué quiere decir la gente cuando dice que los “partidos son todos iguales”? Esta afirmación podría ser considerada una actitud negativa, aunque también podría ser una descripción realista.

Las opiniones de que todos los partidos son lo mismo y, al mismo tiempo, divisivos pueden ser interpretadas como maneras distintas de expresar una hostilidad hacia los partidos y la política partidista.

Podría interpretarse como la descripción de una política en una sociedad donde los partidos más importantes son del tipo catch all cuyas políticas son bastante similares y en la que todos otorgan la máxima importancia a ser elegidos y llegar a gobernar.

2) Partidos y opiniones ciudadanas

Otra crítica que detectan las encuestas se basa en la afirmación de que los partidos están mucho más interesados en los votos de la gente que en sus opiniones. Sin embargo, los partidos, al agregar un gran número de temas, tienen inevitablemente que seleccionar las opiniones que se quieren “escuchar”, mientras que ignoran o minimizan otras.

Ningún sistema de partidos podría permanecer atento a cada una de las agregaciones de opiniones de los ciudadanos. Tanto partidos como ciudadanos tienen que poner un orden, seleccionando y formulando los temas para ofrecer opciones razonables, pero limitadas.

Por su parte, los partidos reúnen paquetes de opiniones y propuestas para atraer la mayor cantidad de votos posibles. Al hacer esto intentan escuchar a la mayoría o, al menos, a un grupo significativo de ciudadanos.

De este modo, Linz cree que la crítica hacia los partidos basada en el idea de que están sólo interesados en los votos es una crítica a la propia democracia. El interés de los partidos por atraer votos está vinculado a la esencia misma de la democracia: los votos son necesarios para gobernar y gobernar a través de la obtención de votos debería ser el objetivo de los partidos en todo sistema democrático.

3) Partidos e intereses particulares

Otra crítica dirigida a los partidos es que “no les importan los intereses y los problemas de gente como yo”. Estos críticos creen que los temas que afectan de manera muy directa a la gente en un determinado electorado o distrito son ignorados por el proceso de formulación de políticas públicas.

Los votantes creen que los partidos son necesarios para que representen sus intereses pero, al mismo tiempo, son críticos con el vínculo entre los partidos y los grupos de interés.

Sin embargo, los grandes partidos de gobierno deben enfrentarse con una gran variedad de demandas en conflicto que reducen aún más su capacidad para defender los intereses de sus bases electorales.

Así, una persona podría culpar a los partidos por no perseguir los intereses de sus bases electorales, mientras al mismo tiempo podrían ser criticados por perseguir los intereses de otra base electoral comparable aunque nunca vista como igualmente legítima. De este modo parece inevitable que la función de representación de intereses no lleve a una crítica de los partidos y los políticos.

Muchos ven una alternativa de representación en los movimientos sociales, sin embargo, para Linz los movimientos sociales generalmente se centran en un único tema y no tienen que sopesar demandas en conflicto y llegar a compromisos.

Estos movimientos sociales pueden movilizar el entusiasmo de minorías fuertemente comprometidas, al menos de forma temporal, de un modo como no pueden hacerlo los partidos políticos menos ideológicos, que intentan ganarse el apoyo de una gran y heterogénea mayoría de votantes.

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4) Partidos y corrupción

Los partidos políticos también son vistos como estrechamente vinculados con la corrupción.

Los partidos tienen que presentar candidatos y personal para un gran número de cargos electos y designados, desde concejales hasta primeros ministros y es obviamente imposible para la organización central del partido adquirir pleno conocimiento sobre la honestidad de sus miles de candidatos.

Muchos de estos puestos ofrecen oportunidades para la corrupción.

Los partidos son, en última instancia, responsables de la selección de personal para los cargos y de su posterior comportamiento. De esta manera, Linz cree que es inevitable la asociación entre corrupción y clase política.

Esta imagen está basada, en parte, en la realidad, especialmente dada la creciente atención mediática dada y la explotación que de la corrupción suelen hacer los partidos de la oposición.

Pero la aceptación acrítica de la analogía partidos y corrupción está mucho más extendida que justificada en la opinión pública.

Quizá sólo una reducción de la presencia pública de los partidos en las instituciones y su hegemonía en la sociedad civil pudiera reducir la exposición a este tipo de acusaciones.

Personalización y profesionalización de la política

La personalización del liderazgo político ha avanzado más que nunca, incluso en los regímenes parlamentarios.

Sin embargo, al mismo tiempo, existe la convicción de que la concentración del poder en las manos de un líder nacional debilita la vida interna de un partido, impide la emergencia de líderes alternativos, refuerza las tendencias oligárquicas en la cúspide del partido y, por lo tanto, daña a la democracia.

En este contexto, al delegar en el líder el partido puede ser acusado de renunciar a su autonomía, es decir, a su función deliberadora. El líder puede ser culpado de “matar” la vida interna del partido.

Un problema adicional para los partidos que han producido y apoyado liderazgos carismáticos es que incluso si el líder abandona el cargo y ha perdido autoridad a los ojos de los votantes y miembros del partido resulta difícil silenciarlo. Tales ex líderes continúan teniendo un impacto significativo en la imagen del partido.

Puede surgir una situación complicada en la cual el partido habla con dos voces diferentes. Esto no sólo genera confusión sino que contribuye a la falta de accountability: el líder que no es elegido no puede ser hecho responsable ante los votantes y el que sí lo ha sido puede ser castigado por los acciones del anterior líder.

Por otro lado también se ha criticado la tendencia hacia la profesionalización de los líderes políticos. Existe una noción implícita de que el político no debería ser sólo político sino, en último término, un ciudadano común.

El mito democrático por el que cualquiera debe ser elegible para competir por un cargo público tiene su expresión simbólica en la elección griega por sorteo.

Al mismo tiempo, las exigencias de las profesiones modernas en el sector privado hacen difícil sino imposible para un individuo entrar en la política por un tiempo para retornar después a su actividad anterior.

La cada vez mayor profesionalización de las profesiones limita inevitablemente el número de políticos aficionados y refuerza la tendencia a la profesionalización de la política.

Sin embargo, muchos ciudadanos rechazan la profesionalización de la política y siguen creyendo en el político aficionado que sirve a sus conciudadanos durante un tiempo pero que no está dispuesto a abandonar sus otras actividades.

A su vez, el problema de los políticos profesionales es que tras una derrota electoral encontrarán difícil un nuevo puesto en la actividad privada que nunca han cultivado y dependen del partido para que les proporcione un puesto en la organización del partido, en alguna administración pública, como embajador etc.

Las limitaciones en los mandatos en ciertos puestos políticos colocan a quienes desean ocupar tales puestos en una situación extremadamente difícil. Estas limitaciones temporales concluyen carreras políticas después de un período corto en el cargo o bien expone a los políticos a situaciones de inseguridad al estar forzados a cambiar de un puesto electivo a otro independientemente de si sus bases electorales apoyan o no su gestión en el cargo.

Por ello, Linz concluye que la profesionalización de la política es casi inevitable y, dentro de ciertos límites, hasta deseable.

Por otra parte, los límites de reelección son contrarios al principio democrático básico de que la finalización o continuación de un cargo electo debe ser una decisión de los votantes a los que, periódicamente, se somete.

Referencias

– Linz, J. J. (2007): «Los partidos políticos en la política democrática. Problemas y paradojas» en Montero, J. R.; Gunther, R. y Linz, J. J. (Coords.) Partidos políticos. Viejos conceptos y nuevos retos. Madrid. Trotta.

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