Desafíos actuales de la representación política (Castromil)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de las obras que se citan al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

Este artículo se basa en una ponencia presentada al VII Congreso de Comunicación Política y Estrategias de Campaña celebrado los días 20, 21 y 22 de septiembre de 2018 en la ciudad de Murcia.

Vamos a ensayar aquí una explicación preliminar sobre algunas dinámicas de desgaste que están sufriendo las democracias representativas. Fenómenos como la eclosión mundial de movimientos populistas, tanto de izquierdas como de derechas y nacionalistas, revindican un giro emocional / identitario en el sistema representativo.

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Repasamos dos elementos de análisis que tienen que ver, ambos, con cuestiones de orden interno al principio de representación clásico. Se trata de la prohibición del mandato imperativo (Manin, 1998) y de la falta de emotividad de la que adolecen nuestras democracias representativas (Arias Maldonado, 2016).

El primero de estos factores se refiere a la posibilidad de que aquellos que ejercen el poder, en ejercicio de su independencia como representantes electos, disponen de un margen de maniobra muy amplio (Castromil, 2017; Pitkin, 1972).

Esta libertad incluye la posibilidad de incumplimiento de promesas de campaña o de gobierno. La cuestión, no siempre tenida en cuenta, podría estar detrás de, al menos, parte del descontento con la política representativa tradicional.

El segundo elemento de análisis tiene que ver con el tradicional énfasis en la racionalidad de procedimientos de la democracia representativa (Arias Maldonado, 2016). Y, por añadidura, con la acción de instituciones intermedias que matizan la incidencia de la voluntad popular en la formación de gobiernos y en el desempeño de su labor al frente del ejecutivo (Rosanvallon, 2007).

Una vez más, esta circunstancia podría estar generando descontento y oportunidades a los movimientos populistas que reivindican una relación más directa entre el pueblo y la acción política.

A estas dos circunstancias se unen también dos elementos potenciadores como podrían ser la acción de los medios de comunicación y de las tecnologías de la información. Los medios, con su marcada tendencia al negativismo (Castromil, 2012), tienden a resaltar, de manera constante, estas insuficiencias de la democracia representativa, manteniendo vivo el descontento.

Y las tecnologías de la información ofrecen a los ciudadanos un potente instrumento para la reivindicación de un rol más activo en el gobierno de la res publica. Las nuevas formas de comunicación, caracterizadas por la interacción constante, podrían estar de detrás de, al menos, parte del descontento hacia una política representativa tradicional marcada por viejas formas unidireccionales de gestión política.

Se trata, por lo tanto, de una investigación exploratoria de dos factores explicativos y otros tantos potenciadores que deberán ser contrastados y ampliados en próximas investigaciones.

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1. La crisis de la representación política clásica

Explicar la composición filosófica y práctica del mandato representativo en el que se basan nuestros sistemas democráticos implicaría, como es lógico, dedicarle muchas páginas de las que aquí disponemos.

Somos conscientes que la cuestión requiere de un análisis más extenso, pausado y señalando hacia un mayor número de causas, tal y como algunas investigaciones recientes han realizado (Arias Maldonado, 2016).

En esta primera sección nos fijaremos sólo de pasada en dos cuestiones muy importantes para entender la crisis o, si se prefiere, el cambio actual que las democracias representativas están experimentando.

Veremos, por un lado, la frustración que provoca la prohibición del mandato imperativo, común a todas las poliarquías actuales, como las denominaría el politólogo norteamericano Robert Dahl (2009). Por otro lado, nuestro diagnóstico se cerrará sopesando las implicaciones de lo que hemos convenido en denominar “radicalismo racional” en la teoría liberal.

1.1 Prohibición del mandato imperativo

La teoría de la representación política clásica incluye en su seno una cuestión que no siempre queda clara y que es fuente no sólo de malentendidos, sino también de cierta insatisfacción en la opinión pública (Castromil, 2017).

Amplios sectores sociales –ciudadanos, medios de comunicación e, incluso, parte de la comunidad académica[2]– se sienten defraudados cuando los representantes no cumplen lo que prometen.

El incumplimiento de promesas es un hecho cotidiano y fácilmente comprobable. En la legislatura 2011-2015 en España se le achacó al, por aquel entonces presidente Mariano Rajoy, haber engañado a los ciudadanos al subir impuestos cuando en campaña se había mostrado partidario de bajarlos[3].

En la legislatura anterior, su antecesor en el cargo, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, que había prometido mantener una política de “salida social de la crisis” (González y Chavero, 2012), termina iniciando en la segunda parte de su segundo mandato (2008-2011) una estricta política de control del gasto público que implicó grandes sacrificios para los funcionarios[4], la eliminación de las ayudas a la natalidad o la paralización de la ley de dependencia[5].

Sin embargo, los sistemas democráticos representativos en los que vivimos no sólo permiten estos incumplimientos de promesas, sino que se basan en ellos (Castromil, 2017). ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo un régimen político de bien puede tolerar que los mentirosos habiten en su seno?

La respuesta podemos encontrarla en la célebre distinción que Weber hacía entre ciencia y política (Weber, 1992). A saber: Mientras la ciencia se encuentra sujeta a reglas fijas, la política democrática, en el seno de los estados modernos, se va convirtiendo, cada vez más, en una actividad altamente especializada.

Se transforma en una ocupación para un buen número de personas que encuentran su modo de vida en ella, que a ella se dedican. En tanto que actividad en un mundo complejo, especializado, tecnificado y lleno de desafíos, la gestión política se encuentra sometida a constantes cambios. Por ello los programas y las promesas electorales no son vinculantes, de obligado cumplimiento (Castromil, 2017).

La actividad política, en este sentido, tiene mucho de pragmática. Pongamos algunos ejemplos. Maquinarias tan pesadas como los partidos políticos de masas tuvieron que adaptarse a las nuevas realidades después de la Segunda Guerra Mundial. Todo para sobrevivir en un mundo diferente al de la política de la lucha de clases. Necesitaron, en suma, hacer suya una elevada dosis de pragmatismo mediante un proceso que Otto Kirchheimer denominó en la década de 1960 catch all party o, en castellano, partido “atrapalotodo” o partido “de todo el mundo” (Kirchheimer, 1966).

De este modo, la evolución de los partidos tiene mucho que ver con el incumplimiento de las promesas. Parece ir en su seno. En la medida en que los viejos partidos de masas comunistas y, sobre todo, socialdemócratas, van adquiriendo responsabilidades de gobierno, sus elites partidistas se van transformando en políticos profesionales que hacen de la actividad representativa su modo de vida. Estos representantes proletarios van dándose cuenta de que la política es, ante todo, una actividad sujeta a contingencias y, como tal, debe adaptarse a un medio a la fuerza cambiante.

La política se convierte, cada vez más, en la búsqueda de cargos por parte de políticos ambiciosos, tal y como ha descrito magistralmente el politólogo norteamericano John Aldrich (2012).

Esto no significa que –a pesar del chascarrillo tan manido de que al español Partido Socialista Obrero Español (PSOE) le sobra la S y, sobre todo, la O– los partidos hayan perdido toda su carga ideológica, programática y de principios.

Pero sí, como en el caso ya señalado del ex presidente Rodríguez Zapatero y la teoría neo institucionalista de Aldrich (2012), que tengan que adaptarse a una crisis sobrevenida. De este modo se entiende que a Zapatero no le quedase más remedio que recular y adaptarse a una situación de incipiente crisis económica que, a la postre, se convertiría en la recesión mundial más importante tras el Crack de 1929.

Recordemos que el ex presidente socialista se había presentado a las elecciones generales de 2008 con un programa típicamente socialdemócrata, basado en la expansión del gasto público para financiar ambiciosas políticas sociales (Castromil, 2017). Pero, a partir de la caída de Lehman Brothers en septiembre de ese mismo año, y, a pesar de sus repetidas negativas[6], tuvo que dar marcha atrás e incumplir lo prometido. Es más, se le exigió desde la Unión Europea (UE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y buena parte de la sociedad española que no cumpliese con sus promesas electorales más onerosas.

El ejemplo de Zapatero resulta, por lo tanto, paradigmático: En la actividad política propia de las democracias representativas queda fuera de todo uso el mandato imperativo. Los programas electorales constituyen líneas generales que informan de por dónde va a moverse, más o menos, el partido o candidato de turno. Pero, en modo alguno, constituyen un compromiso en firme y, mucho menos, vinculante. Los partidos no se encuentran atados a programas, sino que son los programas los que están atados a los partidos y a las coyunturas político-económicas.

Pero esta característica crucial del mandato representativo en el que se basan nuestros sistemas democráticos no termina de entenderse en todas sus implicaciones. Y de ahí la frustración social que suele provocar.

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1.2 Radicalismo racional

El malestar que provoca el incumplimiento de promesas o, lo que es lo mismo, la política como “actividad no sujeta a reglas fijas”, se podría estar viendo amplificado por una de las principales carencias del andamiaje constitucional democrático-liberal: Su excesivo énfasis en su funcionamiento racional, de espaldas a la irrenunciable condición emocional humana. Al fin y al cabo, el liberalismo es una criatura alumbrada en la Ilustración.

Si echamos una mirada a ciertos movimientos ciudadanos y partidistas de los últimos años (en España: el 15-M o el partido político Podemos), encontramos en ellos un común denominador en sus críticas al sistema democrático: su falta de representatividad y emocionalidad.

Lo explica muy bien Arias Maldonado (2016: 303) cuando sostiene que el ascenso del populismo de izquierda y derecha o el auge reciente de los nacionalismos y la “visible indignación de distintos grupos sociales” (Ibíd.) supone un desafío para las democracias representativas.

El sistema liberal-democrático, continúa el profesor de la Universidad de Málaga, es un régimen que puede entenderse como un gobierno constitucional dotado de garantías y derechos individuales que incorpora mecanismos cuyo fin es ordenar la convivencia entre los ciudadanos en sociedades plurales y complejas.

Ante ello, la sentimentalización creciente de la vida política “parece apuntar hacia un desguarnecimiento del discurso liberal, superado en el terreno propagandístico por ideologías y movimientos que explotan con menos escrúpulos las emociones políticas de los ciudadanos” (Ibíd).

Es decir, se sostiene que la democracia representativa es un régimen frío y calculador, complejo y dotado de importantes instituciones contrademocráticas, como ha estudiado el historiador francés Pierre Rosanvallon (2007).

Ante ello, parte de la política actual, de corte populista, reivindica una vuelta a la simplicidad (Vallespín y Bascuñán, 2017), a la relación directa representante-representado que ha sido supuestamente cercenada por las oligarquías instaladas en las instituciones de la democracia representativa. El lema del 15-M que sonaba en las calles y plazas de España en 2011 – “no nos representan”– pone el dedo en la llaga (Castromil y Resina (2013). El clamor por una implicación emocional de los ciudadanos mucho más intensa y duradera.

La identidad es algo mucho más próximo a la estereotipada creación de la categoría de “pueblo” que llevan tiempo trabajando los populismos (Laclau, 2007). “Pueblo” como constructo emocional y de destino que puede adoptar una forma progresista o reaccionaria (Mouffe, 2009).

Es decir, el “pueblo” como un colectivo de pertenencia opuesto a los poderosos o a “los de arriba” que preconizan los populismos de derecha. O pueblo sinónimo de los nacionales frente a la inmigración masiva y depredadora que amenaza con destruirlo todo (Vallespín y Bascuñán, 2017).

Estos elementos emocionales empujan a la democracia representativa hacia una crisis importante. Empeñada como se encuentra en ideas abstractas y racionales como el cosmopolitismo, el imperio de la ley, la mediación partidista, la separación de poderes.

La representación política arranca, cierto es, en la soberanía popular, pero ésta, de alguna forma, queda en suspenso, suplantada hasta cierto punto por instituciones que, cada vez más, operan de manera autónoma a sus pareceres originarios que le dieron cuerpo.

Es la idea del representante como institución independiente de los representados que, sujeto a su control electoral, reclama vía libre en el día a día de la actividad política (Sartori, 1999).

Los ciudadanos, probablemente mediante un aumento de su nivel educativo y expectativas político-sociales, no se conforman con las migajas de la representación tradicional. O, al menos, parecen cada vez más receptivos a mensajes, partidos, movimientos e iniciativas que dicen trasladar directa y constantemente sus pareceres a la maquinaria del poder.

Esta apelación directa al pueblo, a la comunidad, permite algo que la democracia representativa de corte liberal no está en condiciones de ofrecer: una identificación con el grupo y con la política basada en el colectivo. Ya sea “la gente” a la que se refiere el populismo de izquierdas, o la “nación” que enarbola el populismo de derechas y el nacionalismo.

Tanto el populismo de izquierda como el nacionalismo reaccionario empujan con fuerza al ciudadano a una comunidad de sentido y pertenencia. A una supuesta nueva forma de hacer política basada en lo que ellos, y sólo ellos, desean. Sin intermediaron ni instituciones intermedias. Sólo el líder populista, que será quien, de manera más perfecta, sea capaz de interpretar y llevar a buen puerto los deseos del pueblo.

En realidad, este componente emotivo de la política que se revela ante el procedimentalismo de la democracia representativa ha estado siempre presente (Mouffe, 2009). Desde la primigenia disputa sobre el modelo de gobierno que había de sustituir al monarca absoluto (la razón de Locke contra la pasión de Rosseau), hasta la crisis de las democracias en la Europa de entre guerras.

2. Elementos que agudizan la crisis de representación

Hasta ahora hemos sostenido que, entre otros factores, las nuevas caras de la representación, su cambio o crisis –como queramos llamarlo– podrían relacionarse con dos elementos consustanciales a la propia democracia representativa: el descontento que genera el mandato representativo y la fría racionalidad que rezuma la propuesta liberal.

En esta segunda parte vamos a dar por cierto que estos dos elementos explican, al menos, parte de los cambios y descontentos hacia la política representativa actual. Y vamos a tratar dos elementos adicionales que los dinamizan, los hacen más potentes, duraderos y conectados con la ciudadanía.

Nos referimos a la labor de los medios de comunicación de masas y a las tecnologías de la información. En realidad, se trata de dos circunstancias íntimamente relacionadas, como veremos a continuación.

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2.1 Negativismo mediático y representación política

Los medios de comunicación, la libertad de prensa y el derecho a la opinión de los ciudadanos, ocupan un lugar destacado en la teoría liberal (Dahl, 2009). Se trataba, en origen, de una cuestión revolucionaria. El titular de la soberanía se trasladaba, en la era moderna, desde el monarca absoluto hacia el pueblo. De ahí el concepto de soberanía popular[7].

Pero la discusión en torno a este nuevo titular de la soberanía pronto se volvió imprescindible. ¿Cómo se lleva a la práctica? Si el que gobierna es el rey o, incluso, la tradición por boca de éste o de la Iglesia, la cosa está más o menos clara. Pero si de lo que se trata ahora es de compartir el poder, de que gobierne la opinión mayoritaria, las complicaciones de acentúan.

¿Quién es el pueblo? ¿Cómo debe gobernar? ¿Siempre en y en todo lugar? ¿O debe ser el origen del poder para después cederlo a una elite encargada de su administración diaria? Es la discusión sobre el rol político que debe tener la opinión pública en el nuevo régimen liberal.

El debate entre los partidarios de la limitación de la intervención del pueblo –de inspiración platónica– y aquellos otros que optan por rechazar mediaciones en la soberanía popular o, cuanto menos, en considerar la opinión popular como digna de tenerse en cuenta (ligada al “sentido común” aristotélico). En realidad, este debate se llevó a cabo sólo en el plano doctrinario.

En la práctica, los constitucionalistas pioneros norteamericanos y europeos lo tuvieron meridianamente claro: democracia significa el gobierno de las elites con el consentimiento del pueblo.

Era necesario reeditar una especie de despotismo ilustrado, un “todo para el pueblo sin el pueblo”. De este modo, echa a andar la democracia representativa como régimen de gobierno mixto. Con una parte democrática –el sufragio popular, primero restringido y, finalmente, universal– y otra aristocrática. Los que realmente gobiernan son los representantes, no los representados directamente.

Los ciudadanos, como sostendría más tarde Shumpeter (1983), se limitan a legitimar la circulación social de las elites en el poder. Así, el liberalismo encontraba un punto medio en la que el origen del poder se encuentra en el pueblo, pero la puesta en práctica de ese poder corresponde a los representantes. Al principio del consentimiento (elección popular de los que mandan) se le añadía el de distinción (independencia de los representantes) (Manin, 1998).

Sin embargo, la democracia puede definirse también como como aquel régimen político en el que los ciudadanos disponen del suficiente poder como para influir en el gobierno, no sólo para constituirlo. Esta concepción presenta, sin embargo, muchas imprecisiones, tal y como hemos establecido en trabajos anteriores (Castromil, 2017: 31). Veámoslas de modo rápido.

2.1.1 Influencia de origen e influencia de uso

Los ciudadanos influyen, sobre todo, a la hora de constituir los gobiernos (influencia de origen), ya que los que los ejecutivos se basan, con algunas variaciones, en la regla del más votado (Castromil, 2017). Las elecciones y, por consiguiente, el poder lo obtienen el partido o partidos con mayor número de votos o apoyo parlamentario. Y, detrás de esos votos están, como es obvio, los ciudadanos. Así que son ellos los que legitiman el poder democrático.

Sin embargo, existe otro tipo de poder ciudadano que se puede denominar influencia de uso (Ibíd.) que no es otra cosa que el poder de la opinión pública. La capacidad de influencia que ciudadanos, asociaciones y medios de comunicación pueden ejercer sobre aquellos en el poder entre elecciones.

Es decir, se trata de la influencia que estas instancias pueden ejercer sobre los gobiernos democráticamente elegidos. Su poder para influenciar en el contenido de las políticas puestas en marcha en el día a día.

Si la influencia de origen se encuentra institucionalizada y constituye un requisito imprescindible para hablar de democracia, la influencia de uso resulta mucho más espinosa, cambiante y escurridiza (Ibíd).

¿Cómo impactan los medios de comunicación y las organizaciones ciudadanas, por ejemplo, en la actividad legislativa concreta de los gobiernos? ¿Sobre lo que se debe y no debe hacerse en cada momento?

La respuesta es un “depende”. Depende del momento histórico, del ciclo económico, de la composición del gobierno y sus apoyos parlamentarios, del grado de popularidad de las iniciativas ciudadanas, de los intereses en juego… En función de todo este conjunto de cuestiones los gobiernos deciden modificar o no sus primigenias intenciones, incluir o no una cuestión u otra en sus programas electorales y/o de gobierno, echar marcha atrás a lo planeado o seguir adelante. Es decir, entra en juego aquí en toda su extensión el ambivalente principio de representación.

En este sentido, podemos entender que una de las principales funciones de la prensa en las democracias representativas consista en influir en los gobiernos. Tratar de que el ejecutivo actúe de una forma u otra para defender unos intereses u otros.

También dentro de este juego podemos entender la acción de los partidos políticos. Una de sus principales funciones será la de ordenar, priorizar los distintos intereses que circulan en una sociedad (Cotarelo, 1996: 99). Después de revisar cuestiones como la ideología, las negociaciones del sistema de partidos, las influencias de los distintos grupos de la sociedad y medios de comunicación; los partidos agregan intereses.

El resultante de este juego entre representantes políticos, opinión pública y medios de comunicación es la actividad política misma. Lo que sucede es que, desde la irrupción de la sociedad de consumo de masas, los medios de comunicación ocupan un lugar más destacado.

Y diríamos aún más: con las tecnologías de la información funcionando a pleno rendimiento –como veremos a continuación– esta compleja interrelación entre las tres patas de la comunicación política (ciudadanos, medios y política; como ha expresado Mazzoleni, 2010) se vuelve todavía más cambiante y dinámica. Se trata de la discusión sobre el denominado “empoderamiento” del eslabón débil de la comunicación política (ciudadanía).

En resumidas cuentas, los medios importan en el sistema político por su incidencia tanto en la influencia de origen como en la de uso. A nadie se le escapa que las campañas electorales que preceden a cada elección en los sistemas representativos constituyen un elemento cada vez más importante para que los ciudadanos decidan la dirección de su voto. Es el impacto mediático sobre la influencia de origen.

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2.1.2 Selección y encuadre de temas de debate

Prueba de esta influencia la tenemos en el propio concepto de “actualidad política”, que no es más que una construcción mediática en la que se seleccionan unos temas por encima de otros. Esta elaboración del menú informativo que va a constituir la materia prima de la opinión pública constituye la principal labor que los medios llevan a cabo en las democracias (McCombs y Shaw, 1972).

Los medios destacan la importancia de ciertos temas, pero, además, los encuadran. Es decir, ofrecen perspectivas tendentes a invocar una determinada interpretación de la realidad (Snow y Bendford, 2006; Hunt, Benford y Snow; 1994).

Cuestiones como la selección y el encuadre de temas constituyen, por lo tanto, dos de los principales elementos que materializan la influencia de los medios en la opinión pública y el sistema representativo.

Sin embargo, lo que nos interesa en esta ponencia es sopesar el modo en que los temas entran en la agenda de los medios. La cuestión no deja de tener importancia ya que, si una cuestión de debate público (terrorismo, inmigración, economía…) forma parte de la parrilla de programación de los medios, es posible también que entre en ese juego de influencias de uso que venimos describiendo.

En resumen: ¿Qué hace que un tema resulte atractivo para los periodistas? ¿De qué depende que le den o no cobertura, que lo encuadren? Tradicionalmente se ha hablado de, al menos, cuatro grandes características (Bouza, 2004): la sorpresa, la negatividad, la tematización y la personalización. Trataremos aquí sólo, por cuestiones de brevedad, la negatividad como elemento que fomenta el tratamiento periodístico.

Lo negativo suele considerarse más noticia o, lo que es lo mismo, “las grandes noticias suelen ser malas noticias” (Santín, Rodríguez y Fernández, 2009: 51). Si echamos una mirada rápida esta misma noche a los principales programas de noticias de las cadenas generalistas de televisión probablemente, sea cual sea su temática, el tono observado contenga elevadas dosis de negativismo (Castromil, 2017: 121).

Otro elemento que obra a favor de la inclusión de sesgos negativos en las noticias que publican los medios de comunicación tiene que ver con una característica interna de las coberturas y temas negativos (Ibíd). Las cuestiones así presentadas se recuerdan mejor que las enunciadas en tono positivo (Jamieson, 1992: 127). Parece más fácil recordar lo prohibido que lo permitido.

Pero, además, los enunciados negativos son capaces de desencadenar, con mayor probabilidad, el denominado efecto priming (Castromil, 2017: 127). Jo y Berkowitz (1996: 70) definen este efecto como aquella situación que se produce cuando “el sujeto presencia, lee u oye un suceso a través de los mass media, en su mente se activan una serie de ideas de significado parecido (…) y (…) dichos pensamientos son capaces de activar otras ideas y tendencias semánticamente relacionadas”.

El negativismo de una noticia, además, conecta con la sorpresa, otro de los elementos que destacaba Bouza (2004) como importante a la hora de hablar de noticia y, probablemente también, con la personalización.

Por todos estos motivos, es probable que una noticia sorprendente, personalizada y temática[8] pero, sobre todo, negativa; tenga mayores probabilidades de entrar a formar parte de la agenda mediática. Y de ahí, de ser cierta la hipótesis de McCombs y Shaw (1972), pasará a las agendas ciudadanas y terminará cristalizando en la denominada opinión pública.

2.1.3 Negativismo mediático y crisis de representación

Si las noticias se construyen mayoritariamente mediante un sesgo negativo[9], podría darse entre la ciudadanía una sensación generalizada que el mundo en general y el de la política en particular es un lugar peligroso, marcado por el enfrentamiento constante, sin consensos posibles. O un mundo corrupto y depredador.

Estudios ya clásicos como el de Ansolabehere y Iyengar (1995) han destacado el efecto abstencionista y polarizante que este tipo de comunicación política al ataque o negativa podría tener entre la ciudadanía. La política democrática terminaría, así, convirtiéndose en un lugar en el que el electorado moderado acabaría desapareciendo (por efecto “expulsión” del negativismo) consistiendo ya sólo en una confrontación entre los dos polos más enfrentados de la ciudadanía.

El acuerdo, en una sociedad así descrita, parece mucho más difícil y sus dinámicas, tal y como describe Sartori (2005: 17) en su sistema de partidos de pluralismo polarizado, altamente destructivas.

Sin embargo, para investigadores como Lakoff (2007), este efecto de expulsión de las urnas que podría tener el negativismo se aplica sólo a un sector del electorado, el de los progresistas. En su obra ya clásica No pienses en un elefante el lingüista norteamericano sostiene que la presentación de un mundo político marcado por el enfrentamiento constante enlaza muy bien con un tipo de modelo de familia concreto. El del “padre estricto”, próximo al ideario republicano (derecha).

De este modo, el mundo conservador seguiría participando en las elecciones al existir una clara continuidad entre su concepción agresiva y peligrosa del mundo social y la competición electoral-partidista (Ibíd.). Sin embargo, los grandes damnificados serían los progresistas o demócratas, para los cuales modelo de familia predilecto no sería ya de padre estricto sino el “protector”.

En la medida en que la publicidad político-mediática se vuelve negativa, estos electores irían poco a poco, explica Lakoff (Ibíd), abandonando la participación con el resultante final de la victoria republicana. Es decir, se entiende aquí el negativismo político-mediático como una estrategia para desmovilizar al electorado del rival.

Otras investigaciones (Jamieson, 1992: 60) hablan del negativismo como algo que reduce la capacidad crítica de los electores y su discernimiento, algo que enlaza también con el recurso a la generación de miedo (Altheide, 2015).

La simplificación suele ser también otro de los efectos del negativismo. Las sociedades modernas, marcadas por la complejidad organizativa y la pluralidad, se reducen así a un mundo de buenos y malos, de fieles e infieles, de indios y vaqueros.

En resumen, nuestra hipótesis es que estos mensajes negativos que trasladan los medios cuando hablan de política podrían estar reforzando los dos grandes elementos de descontento que tratábamos en el anterior epígrafe: la ruptura de promesas electorales como algo inherente al mandato imperativo y la falta de implicación emocional.

El resultante final será la ya diagnosticada crisis de la representación política, tal y como se ha entendido tradicionalmente desde el liberalismo.

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2.2 Tecnologías de la información y representación política

La sociedad de la información, desde la generalización de Internet y sus distintos artefactos comunicativos –como redes sociales y plataformas de streaming, entre otras– están revolucionando el mundo en general y la comunicación en particular.

El antaño monopolio de la figura del emisor, en manos de los grandes medios y conglomerados de comunicación, hace años que ha comenzado a tambalearse. En la actualidad, cualquier ciudadano dispone de las herramientas necesarias para dar a conocer mensajes a gran escala.

La facilidad para construir un blog y amplificar sus contenidos en redes sociales, por ejemplo, constituye un ejemplo paradigmático del nuevo sistema comunicativo que se está abriendo paso.

Las redes sociales, portales como Youtube o la generalización de los teléfonos inteligentes con sus cámaras conectadas a Internet, nos convierten a cada uno de nosotros en un emisor en potencia.

Es probable que este nuevo ecosistema comunicativo está creando una nueva cultura del consumo de noticias y del periodismo en general. La característica principal de este nuevo hacer podría ser la interactividad. Los modelos comunicativos unidireccionales, que parten del emisor y terminan en el receptor, parecen entrar en crisis.

Si trasladamos estas dinámicas al mundo político y de la opinión pública en seguida vemos el cambio que se avecina. Amplios sectores de la población podrían estar demandando un nuevo estilo, marcado por esa misma interactividad. La democracia representativa, para muchos individuos, se queda corta.

Es la cultura de la participación on line. Desde luego, se trata de un modo de participar distinto, puede que de una intensidad menor que el contenido en los repertorios clásicos de acción colectiva como huelgas y manifestaciones. Pero de una participación, al fin y al cabo.

Ni los medios convencionales –de ahí la crisis del papel y de la lectura de la prensa– ni la política liberal representativa clásica parecen tener cabida en este nuevo mundo. O, por lo menos, parecen entrar, poco a poco, en crisis. Más que nunca el cambio aquí parece generacional.

La actividad política basada en el contacto puntual entre representante y representado, principalmente cada cuatro años en período electoral, podría estar dando paso a un nuevo anhelo por parte de una ciudadanía acostumbrada desde su más tierna infancia a la interactividad y la participación on line.

No en vano los movimientos políticos y grandes líderes de los partidos que critican el statu quo de la democracia liberal-representativa clásica se suelen caracterizar por un uso intensivo de la Red y de plataformas comunicativas como Twitter y Facebook.

El ejemplo paradigmático aquí es el empleo que el presidente norteamericano Donald Trump hace de Twitter. Trump se comunica directamente con su electorado, simpatizantes y con el mundo en general sin necesidad de acudir a la prensa tradicional a la que, por otra parte, ataca constantemente. Él mismo es un medio de comunicación, un emisor, al tiempo que fuente.

2.2.1 Ampliación del repertorio de temas de debate disponibles

Esta capacidad que tienen los individuos –tanto personajes públicos como Donald Trump como blogeros e influencers hechos a sí mismos– para convertirse en emisores e iniciar el proceso de comunicación de masas podría tener otra consecuencia más que trastoca el ecosistema político-mediático previo a la irrupción de Internet.

Si el mundo de la comunicación previo a la Red estaba presidido por un reducido número de conglomerados mediáticos, la “democratización” de la figura del emisor a la que venimos refiriéndonos (Castromil, 2017) podría tener como consecuencia la ampliación del número de temas de debate disponibles por parte de la opinión pública.

Esta ampliación de temas se estaría produciendo por la vía de la ampliación de los actores implicados en el proceso de comunicación y de formación de las opiniones. La especialización temática y la capacidad de los emisores-receptores para exponerse sólo a aquello que desean consumir retroalimenta las propias dinámicas de las plataformas comunicativas ligadas a Internet.

Aquellos ciudadanos interesados en los más variopintos temas disponen, además de los canales mediáticos clásicos, de toda una nueva constelación de nuevas vías para adquirir, procesar y volver a difundir información. De este modo, se demuestra que el mundo vinculado a la Red es un mundo de “doble vuelta”. De individuos caracterizados por ser, a un mismo tiempo, receptores y emisores.

Esta lógica de la retroalimentación llevada al mundo político, que es el que nos interesa aquí, contiene evidentes consecuencias. Para amplios sectores de la población, nativos digitales, acostumbrados a recibir, modificar y volver a difundir información, la vieja política representativa de una sola dirección podría estar convirtiéndose en algo poco atractivo. Rechazable.

De esta forma, los problemas ya señalados de la representación política liberal-representativa encontrarían en estos sujetos interconectados un rechazo más o menos implícito.

Conclusiones

La figura 1 que ofrecemos en la página siguiente resume los principales elementos que hemos manejado en esta ponencia. Nos sirve para explicar, al menos en parte, la crisis de representación que podrían estar viviendo los regímenes representativos de nuestros días.

Se trata de un modelo a la fuerza incompleto, como venimos señalando. O de un ensayo de hipótesis preliminar, si se prefiere. Desde luego, la explicación de un fenómeno tan complejo como la desafección que muchos ciudadanos podrían estar viviendo hacia el modelo representativo deberá dar entrada a un mayor número de factores, como los económicos, por ejemplo.

Sin embargo, en la ponencia que aquí concluye nos hemos centrado solamente en dos, ambos de índole político: el incumplimiento de promesas (o prohibición del mandato imperativo, si se prefiere) y la falta de emotividad de la democracia liberal-representativa (o descuido del componente emocional de la política).

Figura 1: La crisis de representación

Sin título
Fuente: Elaboración propia

Se trata de cuestiones que, como hemos visto, se ven potenciadas por los medios de comunicación y por las tecnologías de la información.

Por la marcada tendencia que tienen los periodistas hacia la información política de corte negativa y por la proliferación de un público cada vez más proclive a un modelo político (y social) marcado por los mensajes y “idea y vuelta”. Y no sólo por una representación política en la que la influencia ciudadana se centre en la influencia de origen.

Las consecuencias de este nuevo modelo las estamos viendo en los principales países del mundo desarrollado. No sólo ya en la periferia. Lugares como Estados Unidos o la “vieja” Europa están siendo testigos de movimientos sociales, grupos de protesta y partidos políticos que señalan las insuficiencias del modelo representativo clásico.

Su falta de emotividad, de creación de identidad. Pero también la inadecuación de un mandato representativo basado en las antiguas premisas de la unidireccionalidad representante-representado.

El populismo, en sus vertientes tanto de izquierdas como de derechas, podría entenderse, en este sentido, como una reacción hacia una “vieja política” que no parece encajar bien en el nuevo mundo que nos rodea.

Bibliografía

– Aldrich, J. (2012): ¿Por qué los partidos políticos? Una segunda mirada. Madrid. CIS.

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[1] Ponencia presentada en la Mesa 21 (“Nuevas caras de los medios y de la representación”) del VII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (ALICE). Murcia, España, 20-22 de septiembre de 2018.

[2] Especialmente los teóricos de la denominada escuela del “radicalismo democrático” roussoniano en los que la voluntad popular no debe sufrir mediaciones.

[3] “Rajoy rompe su última promesa” El País (30/11/2012).

[4] “Zapatero da un vuelco a su estrategia con un recorte de sueldos públicos sin precedentes” El País (13/05/2010).

[5] “Zapatero impone el mayor recorte social de la historia” La Razón (15/05/2010).

[6] “Zapatero: <<Fue un error negar la crisis, pero no hubo engaño>>” El Mundo (26/11/2013).

[7] Se trata del nacimiento de la nación, entendida en términos políticos y, por lo tanto, fríamente racionales. La nación no es más que el conjunto de ciudadanos con plenos derechos políticos. Sin embargo, el concepto cultural de nación, ligado al romanticismo, llegará poco después. Pueblo aquí tiene que ver con la comunidad, la lengua, las tradiciones y la cultura compartida.

[8] La tematización como elemento de la noticia tiene que ver con la adecuación del tema a las expectativas del medio de comunicación. De este modo, los medios progresistas podrían mostrarse más proclives a cubrir una noticia sobre cuestiones sociales, mientras de los periódicos monárquicos tenderán a dar cobertura al día a día de la Casa Real española.

[9] Así sucede, al menos, en España (Castromil, 2012). Datos sobre Estados Unidos pueden consultarse en Soroka (2014).

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