Dilemas organizativos de los partidos (Panebianco)

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Mi copia de clásico de Panebianco, bajo licencia Creative Commons

Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Angelo Panebianco que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

Los partidos políticos son, ante todo, organizaciones y, como tal, deben ser estudiados. Según Angelo Panebianco, los partidos políticos, en tanto organizaciones, tienen que hacer frente a una serie de dilemas organizativos, de exigencias contradictorias que albergan en su seno.

Estas contradicciones deben ser equilibradas para que el partido político subsista. Pasaremos revista a los princiaples dilemas que señala el politólogo italiano.

1. Modelo racional vs modelo del sistema natural

Para el modelo racional los partidos en tanto que organizaciones son, principalmente, instrumentos para la realización de fines específicos. Tanto las actividades como el orden interno del partido son comprensibles en la medida en que contribuyen a la organización.

Los miembros de los partidos participan en la realización de los fines del partido y su comportamiento sólo tiene relevancia en tanto que piezas para el funcionamiento de la organización. Estos participantes están identificados con los fines que persigue el partido, existe una causa común entre los individuos y el partido.

A este modelo racional se le ha reprochado:

– A veces es difícil determinar los fines a priori en una organización. Por ejemplo, un partido puede tener como fin mejorar el nivel de vida de los trabajadores pero también defender las líneas de autoridad dentro del propio partido o de un tipo específico de trabajador.

– En el seno de las organizaciones, y los partidos no son una excepción, existe siempre una pluralidad de fines, a veces tantos como actores integran la organización.

– Muchas veces el verdadero objetivo de los dirigentes no es la consecución de los fines para los cuales se fundó el partido sino, más bien, el mantenimiento de la organización misma, su supervivencia en cuento organización y, con ello, la salvaguarda de las relaciones de poder existentes (Michels).

Estas objeciones nos conducen a la alternativa al modelo racional, denominado el modelo de la organización como sistema natural.

Para este enfoque la organización partidista es una estructura organizativa que responde y se adapta a una multiplicidad de demandas que parten de distintos jugadores y que trata de mantener un equilibrio conciliando esas demandas.

Los dirigentes tendían un papel de mediador, de procuradores de equilibrio ante las demandas muchas veces enfrentadas.

Si en el modelo racional lo importante son los fines y la organización se supedita a ellos, en el modelo del sistema natural la consecución de determinados fines depende de las estructuras organizativas que les dan prioridad y organizan.

Los fines oficiales del partido, bajo la óptica del modelo del sistema natural, son una fachada detrás de la cual se esconden los fines efectivos. Estos fines efectivos son el resultado de los equilibrios de poder conseguidos dentro del partido, del consenso conseguido tras la lucha de objetivos y demandas dentro del partido.

El único fin que comparten los integrantes de un partido es la supervivencia del propio partido ya que es la condición gracias a la cual los diferentes actores pueden seguir persiguiendo sus propios objetivos particulares.

En muchas ocasiones ambos modelos se presentan como consecutivos: las organizaciones nacen efectivamente para la consecución de ciertos fines compartidos por los participantes y en torno a los cuales se forma la fisonomía del partido político (modelo racional).

Pero, con el paso del tiempo, los partidos desarrollan en su interior tendencias por un lado dirigidas a la auto conservación como partido y, por otro, hacia la diversificación de los fines de los distintos actores.

En este esquema organizativo de los partidos parece claro que los líderes del partido son los encargados de administrar un cierto equilibrio entre las distintas demandas particulares en lucha que pudieran existir en el partido.

2. Incentivos colectivos vs incentivos selectivos

 Los incentivos que todo partido debe distribuir para asegurarme una mínima participación son, sobre todo, incentivos de tipo colectivo, es decir, beneficios o promesas de beneficios que el partido debe distribuir entre todos los participantes en la misma medida.

En un segundo momento, los beneficios son de orden selectivo, es decir, beneficios que el partido distribuye de modo desigual solamente entre algunos de sus partícipes.

Los incentivos colectivos se dividen, a su vez, en incentivos colectivos de identidad (se participa porque existe una identificación con el partido), de solidaridad (se participa por razones de solidaridad con los demás participantes) e ideológicos (se participa porque existe una identificación con la causa del partido).

Entre los incentivos selectivos se encuentran, en cambio, el poder, el estatus y los incentivos materiales.

Los partidos son, al mismo tiempo, burocracias que demandan la continuidad la continuidad de la organización y la estabilidad de las jerarquías internas y asociaciones voluntarias, que deben contar con un cierto grado de participación no obligada.

Por este motivo los partidos distribuyen simultáneamente tanto incentivos selectivos (continuidad y clase dirigente) como colectivos (militancia de base). Sin embargo, el peso de un tipo otro de incentivos puede variar de unos partidos a otros.

La teoría de los incentivos selectivos explica bastante bien el comportamiento de las elites que compiten entre sí dentro del partido por el control de los cargos, de los clientes que intercambian votos por beneficios materiales y de ciertos sectores de la militancia que pretenden ascender en su carrera.

Sin embargo, una teoría utilitarista de los incentivos selectivos no es capaz de explicar el comportamiento de todos los miembros del partido. De hecho, la actividad de muchos militantes de base se puede explicar mucho mejor en términos de incentivos colectivos (adhesión a los fines del partido, identificación con su ideología y solidaridad intergrupal).

Lo mismo puede decirse del electorado fiel cuya lealtad no parece interpretable en términos de incentivos selectivos.

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Imagen de Danny Chapman distribuida bajo licencia Creative Commons

Dilema en la distribución

La necesidad que tienen los partidos de distribuir incentivos de ambos tipos en proporción variable provoca un dilema en la organización ya que los dos son recíprocamente contradictorios.

Si la organización distribuye demasiados incentivos selectivos y de una forma demasiado visible resta credibilidad al mito del partido como instrumento enteramente volcado en la consecución de una causa.

Por otra parte, si se pone el acento en exceso sobre los incentivos colectivos, se compromete la continuidad de la organización lo que, paradójicamente, compromete también la continuidad en la distribución de tales incentivos colectivos.

El partido deben, por lo tanto, encontrar un equilibrio entre la exigencia de satisfacer intereses individuales a través de los incentivos selectivos y de alimentar las lealtades organizativas que dependen, en última instancia, de los incentivos colectivos.

La existencia de esta doble presión contribuye a identificar las funciones internas de la ideología organizativa:

1) La primera función interna de la ideología es la de mantener la identidad de la organización a los ojos de sus partidarios con lo que se convierte en la fuente principal de incentivos colectivos.

2) La segunda función interna de la ideología es la de ocultar la distribución de los incentivos selectivos no sólo ante quienes dentro de la organización no se benefician de ellos sino, a menudo, también a los ojos de los propios beneficiarios.

Esta función de ocultación es fundamental porque una excesiva visibilidad de los incentivos selectivos debilitaría la credibilidad del partido en cuanto organización dedicada a una causa comprometiendo también su capacidad para distribuir incentivos colectivos.

3. Adaptación al ambiente vs predominio

Todo partido político y organización humana en general está implicada en una multitud de relaciones con su entorno.

En este punto existen dos visiones antagónicas entre los investigadores: Algunos creen que las organizaciones tienden a adaptarse más o menos pasivamente al ambiente en el que se insertan. Se pone el acento en cómo el ambiente influye sobre la organización.

Otros, por el contrario, consideran que las organizaciones acentúan su tendencia a dominar el ambiente en el que se mueven, a transformarlo. Se pone el acento en cómo la organización influye sobre el ambiente.

En la teoría económica de la democracia de Anthony Downs los partidos tratan, en todo momento, de maximizar los sufragios en lo que se puede interpretar como un intento de la organización por dominar el ambiente en el que opera.

El partido revolucionario de la teoría leninista o gramsciana es también una organización que se esfuerza en dominar a su propia base social actuando sobre ella y transformándola.

Por el contrario, el partido que se limita a “estar en el mercado”, a sobrevivir en los lugares que dejan libres los otros partidos más grandes y potentes corresponde al tipo de organización que trata de adaptarse al ambiente que le rodea.

Seguramente el análisis más certero sea un punto medio entre dominación y adaptación. Parece lógico el que un partido tienda a adaptarse o a dominar su entorno depende de las características del ambiente. Ciertos ambientes se prestarán más a una estrategia de dominio y otros a una de adaptación.

Además, lo que denominamos ambiente es, en realidad, una pluralidad de ambientes por lo que un mismo partido puede llevar a cabo al mismo tiempo una estrategia de dominio en ciertas áreas y de adaptación en otras.

El ejemplo paradigmático son los partidos socialistas de masas que mantenían una relación activa de encuadramiento, adoctrinamiento y movilización de sus masas pero, simultáneamente, desarrollaron estrategias de adaptación en el ámbito parlamentario manteniendo una tensa convivencia con el sistema institucional existente.

Por otra parte, se puede sostener que para toda organización resulta de vital importancia establecer un mínimo de dominio sobre el medio que la rodea como medio de reducir la incertidumbre, garantizar la organización frente a sorpresas…

Todo partido se ve sometido, por lo tanto, a dos presiones en su relación con el mundo exterior. Presiones que, además, son simultáneas y en sentido contrario:

1) Sentirá la tentación de colonizar su entorno a través de una estrategia de dominio

2) Sentirá también la necesidad de llegar a pactos con el entorno mediante una estrategia de adaptación

El que prevalezca una estrategia u otra dependerá de cuestiones ambientales así como de la forma en la que la organización haya resuelto los otros dilemas antes enunciados.

El partido es una organización que busca su supervivencia equilibrando en su interior las demandas de una multitud de actores (de acuerdo con el modelo de sistema natural) y que trata de garantizar, por lo tanto, los intereses generados y alimentados por los incentivos selectivos.

Para todo ello el partido debe alcanzar un compromiso con su entorno, adaptarse de algún modo a él. En este sentido, a los líderes de los partidos no les suele interesar arriesgar la estabilidad de la organización con estrategias ofensivas, de conquista, susceptibles de contraataques por parte de otras organizaciones y grupos que pudieran sentirse amenazados.

Pero, por otro lado, como el partido es también un instrumento para la realización de sus fines oficiales (de los que dependen las lealtades que nutren los incentivos colectivos) no puede adaptarse pasivamente al propio ambiente sino que debe desarrollar algún tipo de actividad que le empujen a dominar tal ambiente, a modificarlo en la dirección marcada por sus fines oficiales.

Se puede generalizar del siguiente modo: En igualdad de condiciones ambientales cuando mayor sea el predomino en el partido de los incentivos selectivos tanto mayor será la tendencia de la organización a adaptarse al ambiente.

Por el contrario, cuando mayor sea la importancia de los incentivos colectivos, más posibilidades habrá de que el partido desarrolle estrategias de predominio.

4. Libertad de acción vs constricciones organizativas

La polémica transcurre aquí entre aquellos que acentúan el papel autónomo de los líderes dentro de los partidos y aquellos otros que los creen supeditados a las exigencias organizativas del propio partido.

Lo cierto es que, aunque sea dentro de ciertos límites, los dirigentes de los partidos disponen de una amplia capacidad de maniobra pero, al mismo tiempo, deben tener en cuenta las exigencias propias del funcionamiento cotidiano del partido. Estas limitaciones afectan a su libertad de movimiento, que no es absoluta.

La articulación de los fines

Estos tres grandes dilemas permite un mejor estudio de los partidos políticos en cuanto organizaciones que son.

Contrariamente a las impresiones de Robert Michels, Angelo Panebianco considera que pueden darse en los partidos una sustitución de los fines oficiales del partido por otros fines oficiales. Esto suele ocurrir con frecuencia como consecuencia de profundas transformaciones organizativas.

Los líderes reafirmarán constantemente la coherencia entre el comportamiento del partido y sus fines oficiales, pero entre los muchos caminos posibles en la búsqueda de estos fines, se seleccionan sólo aquellos compatibles con la estabilidad de la organización.

La idea de la “ley de hierro” pierde fuerza ya que puede darse una diversidad de resultados en la búsqueda de fines y, por tanto, de estructuras organizativas en los partidos.

Según Michels todo partido está condenado a pasar de una fase originaria en la que la organización está enteramente dedicada a la realización de la “causa” a otra sucesiva caracterizada por:

1) El crecimiento de las dimensiones del partido

2) La burocratización

3) La apatía de los afiliados tras el entusiasmo participativo inicial

4) La voluntad de los jefes de conservar el poder, transformar el partido en una organización en la que el fin real es su propia auto conservación, la supervivencia organizativa

Para Panebianco esta evolución descrita por Michels es demasiado radical, aunque no se puede negar una tendencia hacia tal dirección.

Panebianco, empleando la obra de Alessandro Pizzorno, distingue en el estudio de la participación política dentro de los partidos entre sistemas de solidaridad y sistemas de intereses.

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Imagen de Matthias Ripp distribuida bajo licencia Creative Commons

Sistemas de solidaridad y de intereses

Lo característico de un sistema de solidaridad es su condición de comunidad de iguales en la que los fines de los participantes coinciden. Un sistema de intereses, por el contario, es una sociedad en la que los fines de los participantes son divergentes.

Mientras un sistema de solidaridad es un sistema de acción con vistas a la solidaridad entre los actores, un sistema de intereses es un sistema de acción con vistas a los intereses del actor.

En los sistemas de solidaridad prevalece la cooperación para la realización de un fin común, en los sistemas de intereses prevalece la competición para satisfacer intereses divergentes.

En el momento de su constitución un partido es una asociación entre iguales organizada para la realización de un fin común. Se trata, pues, de un sistema de solidaridad. El nacimiento de un partido va siempre asociado a la aparición de áreas de igualdad.

El hecho de que un partido surja como sistema de solidaridad explica la intensa participación inicial. Con el paso del tiempo, sin embargo, el partido tiende a transformarse y deja de ser un sistema de solidaridad para convertirse en un sistema de intereses.

Con la burocratización y la implantación progresiva de la rutina la organización crea nuevas desigualdades y, consecuentemente, la curva de participación tiende a declinar.

Este proceso contempla además el paso de una participación del tipo movimiento social, característica del partido en cuanto sistema de solidaridad, a una participación profesional propia del partido en cuanto sistema de intereses.

La institucionalización

Para Panebianco la transición de la solidaridad a los intereses se produce a través del proceso de institucionalización de la organización. Es un momento en el que el partido desarrolla intereses estables en la propia supervivencia y lealtades organizativas igualmente estables.

Con la institucionalización asistimos al paso de una fase en la que el partido en cuanto sistema de solidaridad orientado a la realización de sus fines oficiales se corresponde con el modelo racional, hacia otra sucesiva en la que se transforma en un sistema de intereses, desarrolla tendencias oligárquicas y se desplaza en la dirección del modelo del sistema natural.

Predominan ahora los incentivos selectivos relacionados con el desarrollo de la burocracia del partido (participación de tipo profesional). La ideología manifiesta pierde fuelle (objetivos políticos coherentes) y se pasa a otra fase en la que tales objetivos se transforman en latentes (vagos, implícitos e incluso contradictorios).

Se pasa de una fase en la que la libertad de elección de los líderes es muy grande (porque se mueven dentro de los objetivos generales de la organización) a otra en la que la libertad de elección de estos líderes se reduce drásticamente, condicionada por las exigencias organizativas propias del partido ya consolidado.

Se pasa de una fase en la que prevalece una estrategia agresiva orientada a dominar y transformar el medio en el que se mueve el partido a otra en la que predomina una estrategia de adaptación propia de una organización que, ya consolidada como sistema de intereses, tiene demasiado que perder con una política agresiva y aventurera.

El modelo organizativo que propone Panebianco tiene, por lo tanto, tres fases: génesis, institucionalización y madurez.

Referencias

– Panebianco, A. (1990 V. O 1982): Modelos de  partido. Madrid. Alianza.

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