Funciones sociales de los partidos (Cotarelo)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Ramón Cotarelo que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

Se puede hablar, por lo menos, de cuatro grandes funciones sociales que la ciencia política suele encomendar a los partidos políticos: socialización política, movilización de la opinión pública, representación de intereses y legitimación del sistema político.

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1. La socialización política

Hasta la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente, fue la gran función de los partidos políticos. Se daba más intensamente en los partidos obreros que en los partidos burgueses. Esto es así porque los partidos obreros tenían como objetivo afianzar una conciencia de clase además de preservar y transmitir pautas de comportamiento y valores que conformaban la subcultura de la clase trabajadora.

Se trataba de pautas de comportamiento y valores que no encontraban otro procedimiento de transmisión extra partidista en una sociedad en la que los escasos medios de comunicación existentes no hacían sino perpetuar la ideología de las clases dominantes.

El predominio ideológico burgués garantizaba que la subcultura burguesa se presentase en sociedad como “la cultura”, por ello se entiende que los partidos han sido tanto más pronunciadamente medios de socialización cuanto más a la izquierda se situaban.

El hecho de que los partidos dispusiesen de locales, prensa, editoriales, todo tipo de publicaciones propias, escuelas y academias para la formación de cuadros y, en general, centros de transmisión de sus ideas y de investigación sobre sus objetivos explica por qué pudo difundirse desde el comienzo y con tanta fuerza la cultura partidista.

Nada tiene de extraño que las nuevas generaciones de militantes se formaran en un contexto de preservación de ciertos valores culturales considerados como genuinos del movimiento.

A medida que nos desplazamos hacia la izquierda se acentúa la función socializadora de los partidos. Así, los partidos comunistas tienden a ser desde un principio organizaciones autosuficientes dotadas de una gran capacidad de absorción en su interior además de una gran habilidad para la difusión ideológica-cultural.

En el caso del comunismo la función socializadora se ve reforzada por su condición de partido radical y revolucionario con formas políticas que poseían el atractivo de lo romántico en el sentido de entrega personal a una causa. Estos partidos llegan a impregnar incluso ciertos movimientos artísticos.

En la actualidad, sin embargo, la función socializadora de los partidos ha descendido notablemente en importancia merced a la generalización y popularización de los medios de comunicación. Estos medios, si bien presentan evidentes sesgos, no presentan como única la sub cultura burguesa.

En contra de la sub cultura tradicionalmente transmitida por algunos partidos se sitúa la trivialidad de los contenidos mediáticos que consiguen consolidar en la población un cierto conformismo.

En este mismo sentido, los medios de comunicación más objetivos y libres son, a buen seguro, el mecanismo más importante de legitimación del estado democrático consiguiendo una integración social de sectores muy diferentes con poderosas sub culturas.

Precisamente por esa pérdida de función socializante es por lo que en la actualidad suele hablarse de la crisis de los partidos. Se les suele contraponer los movimientos sociales como otros lugares de socialización política y lucha por causas sociales que no encajan en el molde de las doctrinas de las diferentes organizaciones partidistas.

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2. Movilización de la opinión pública

La opinión pública es un fenómeno social borroso, a veces mucho más intuitivo que descriptivo-analítico.

Es evidente que existe una estrecha relación entre la difusión de mensajes por parte de los medios de comunicación y la existencia de la opinión pública.

La opinión pública surge como un fenómeno característico del paso del antiguo régimen absolutista a otro en el que la hegemonía pertenece a la burguesía.

La opinión pública supone, según el clásico estudio de Habermas, la existencia de un público políticamente razonante, informado y capaz de discutir sobre asuntos públicos asumiendo así el rol de contrapeso al poder político.

En la actualidad la opinión pública ha cobrado, si cabe, más importancia y no parece viable un gobierno que viva permanentemente de espaldas a los grandes flujos de opinión que existen en la sociedad.

En este sentido los partidos pueden servir y sirven de cauces para la opinión pública. Corresponde a los partidos políticos permitir que se expresen las opiniones, pareceres y criterios de la sociedad civil canalizándolos hacia una concreción eficaz.

Los partidos, conjuntamente con otras organizaciones, disponen de los medios materiales y de las garantías de permanencia y continuidad que aseguran la formulación de los movimientos de opinión.

3. Representación de intereses

Los partidos políticos suelen perseguir la defensa de unos interese sociales o económicos preexistentes en la sociedad. El problema en este punto no es tanto que los partidos representen intereses sino determinar qué intereses van a ser representados.

Los partidos son hoy organizaciones muy complejas entremezcladas de intereses que, a veces, no son complementarios. Ello no debe resultar extraño en el caso de los partidos burgueses, que jamás pensaron en ser un partido de clase en sentido estricto pero sí lo es en el caso de los partidos obreros.

Los partidos de obreros sí comenzaron su andadura como partidos de clase, pensados para defender los intereses de los trabajadores con indiferencia, cuando no hostilidad, hacia las demás clases sociales.

En la actualidad los antiguos partidos de clase pretenden absorber la representación de una multiplicidad de intereses, lo que ha permitido acuñar a Otto Kirchheimer acuñar su célebre expresión de catch all party o partido “atrápalotodo”.

Se trata de organizaciones partidistas que no reducen su programa que cabe identificar con una clase social o grupo específico. Los catch all party es la forma en que se nos presentan hoy los grandes partidos en los sistemas democráticos.

La tendencia de los partidos a sostener que constituyen la representación de una suma de intereses complejos a veces en detrimento de la congruencia del propio partido encuentra su explicación en el imperativo de ganar elecciones.

La complejidad de las sociedades actuales obliga a los partidos a confeccionar programas amplios ante la necesidad de conseguir el suficiente número de votos como para conseguir mayorías de gobierno.

Este componente electoral les obliga a rebajar el radicalismo de sus propuestas, a moderarlas, con el fin de que resulten atractivas a amplios sectores de la población muy diferentes entre sí.

De este modo los partidos políticos se convierten en verdaderos mosaicos de intereses.

Los procesos electorales han de afrontar los partidos suelen tener la consecuencia de aglutinar el esfuerzo del partido en el centro de las propuestas políticas, de forma que suelen disputarse una amplia franja de electores que va desde la izquierda moderada a la derecha también moderada.

Sin embargo, esta tendencia que se observa en la mayoría de grandes partidos no quiere decir que éstos y sus programas no representen preferentemente unos intereses en lugar de otros.

Así, por ejemplo, el Partido Conservador británico recoge una nada desdeñable proporción del voto obrero lo cual indica que también representa algunos de los intereses de esta clase social. Pero, en esencia, el Partido Conservador es, ante todo, un instrumento de defensa de los intereses del capital financiero y de la industria y, en segundo lugar, de la mediana y pequeña empresa.

Lo mismo sucede, en parte, con algunos partidos socialistas del sur de Europa, votados por sectores sociales que nada tienen que ver con la clase obrera sino que constituyen clases medias.

En resumen, los partidos políticos son medios de canalización de una multiplicidad de intereses pero tienden a establecer algún tipo de preferencia de unos sobre otros.

La cuestión de si un partido representa más unos intereses que otros depende de la posibilidad de organizar facciones internas que impongan sus criterios.

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4. Legitimación del sistema político

La legitimación del sistema político entra dentro de las funciones más implícitas que llevan a cabo los partidos políticos, frente a las expuestas hasta ahora, mucho más explícitas.

Los partidos políticos son inherentes a la idea misma de sistema legítimo (los que gobiernan tienen el derecho a hacerlo).

Los partidos son también el único ámbito real e institucional en el que pueden discutirse las decisiones políticas de gobierno.

El mero hecho de ser los foros en los que se articula una opinión pública razonante es, por sí mismo, un factor de legitimación de primer orden.

No obstante los partidos no sólo canalizan y movilizan a la opinión pública, sino que, también ellos mismos, son focos de discusión y debate y, en cierto modo, los más decisivos.

El centro de las decisiones políticas se encuentra en los acuerdos previos, muchas veces extraparlamentarios, entre partidos políticos. Los proyectos de ley importantes se pactan previamente entre los partidos, esto es, sin discusión parlamentaria.

Asimismo, los partidos ayudan también a la legitimación del sistema político (como también lo hacen los medios de comunicación) ya que, como hemos visto, integran intereses sociales y políticos muy distintos entre sí.

Tanto esta conjugación de intereses como el intercambio de opiniones y juicios implica una base mayor de legitimidad del sistema: los partidos amplían la base de apoyos.

En resumen, esta función latente de legitimación del sistema político en el que operan los partidos es, quizá, una de las más importantes para la subsistencia del propio sistema político.

Referencias

Cotarelo, R. (1996; V. O. 1985): Los partidos políticos. Madrid. Editorial Sistema.

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