Los ciudadanos tienen un límite

La repetición de elecciones confirmada en España tras el fracaso en la formación o apoyo de un gobierno entre el PSOE y Podemos tras meses de contactos confirma la existencia de una serie de nubarrones en la vida político-social española. ¿Cómo será la campaña electoral que tenemos por delante?

La política actual se mueve a una velocidad de vértigo. Tanto es así que algunos analistas han terminado por denominarla turbo política. Los acontecimientos se precipitan uno tras otro de forma que, muchas veces, sólo pueden verse fugazmente por el espejo retrovisor

Esta movilidad compulsiva de lo político afecta también a los temas de debate público que van tratándose en cada momento. Para comprobarlo, conviene hacer un ejercicio de memoria histórica reciente.

Todo comenzó en las elecciones de 2015, cuando la desafección ciudadana por la crisis y los recortes, percibidos primero en un gobierno del PSOE y, después, del PP; no se dirigió, como suele suceder, hacia la abstención y el alejamiento de la política.

Bien al contrario, los desatendidos por la crisis quisieron seguir participando. Pero participando de otra manera. Así se puede entender la ruptura del acento bipartidista de nuestro sistema de partidos que venía operando de forma más o menos estable desde las elecciones de 1982. Y así se explica, también, la llegada de Podemos y Ciudadanos al centro mismo de la política nacional.

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Desde estas cruciales elecciones de 2015 todo ha transcurrido, como decimos, en sexta velocidad. A toda mecha. Fíjense ustedes: Las elecciones de 2016 constituyen la primera “repetición” electoral de nuestra historia reciente que, en lo básico, confirmó lo sucedido en 2015. Esto es, el rechazo al bipartidismo y el inicio de un nuevo ciclo político marcado por la necesidad de alcanzar acuerdos.

Tras 2016 no pudimos hacer otra cosa que agarrar las palomitas y abrir los ojos como platos. Comenzaba una película de acción trepidante en varias entregas: la caída de Pedro Sánchez como requisito imprescindible para el inicio de la mini legislatura Rajoy (2016-2018). El estallido del proceso independentista en Cataluña y las elecciones catalanas de 2017. La política del 155 y la vuelta –cual Cid Campeador– de un Pedro Sánchez que, pásmense ustedes, no sólo fue capaz de retomar el timón del PSOE, pasada la tempestad; sino que, en junio de 2018, terminaría convirtiéndose en presidente del Gobierno.

Un gobierno, eso sí, frágil –apoyado desde prismas ideológicos demasiado diferentes– que terminaría adelantando las elecciones a abril de 2019 y asistiendo a lo que en Europa se había convertido ya en algo habitual, pero que aquí no había pasado: la llegada de la ultra derecha.

Estas peripecias que novelamos aquí de forma acelerada se entienden mejor si recurrimos a la denominada tematización de la agenda. Es decir, al análisis de los temas de debate que van tratando políticos y medios de comunicación.

>>> Si quieres saber más sobre tematización tienes toda una sección en la Unidad Docente de Comunicación dedicado en exclusiva a ello: establecimiento de la agenda (agenda-setting)

Si crisis económica y regeneración (corrupción, clase política, recortes…) fueron los temas que posibilitaron la irrupción de Podemos y Ciudadanos en 2015; pronto cederán protagonismo a un nuevo debate público protagonizado por lo que la profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, Raquel Rodríguez, y yo mismo, hemos denominado “meta temas”.

Es decir, el principal impacto de la repetición de 2016 puede encontrarse en el abandono de cuestiones sustantivas y en la adopción de temas de debate con la propia política como protagonista. La actividad representativa se vuelve autorreferencial.

En aquellas elecciones –y quizá también ahora, que vamos a las urnas en noviembre– la campaña anduvo huérfana de temas como la gestión de la economía, el paro o la inmigración, por poner sólo tres ejemplos de los principales problemas de los españoles que, mes a mes, nos traslada el CIS.

La campaña, bien al contrario, giró casi exclusivamente sobre quién iba a pactar con quién, qué partido o candidato debía ceder y en qué aspectos en pos de fin mayor, los egos de unos y otros o el tipo de debate electoral que convenía poner en práctica: ¿a dos, a cuatro o –con la llegada de los ultras– a cinco?

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Resumiendo: La agenda política pasa de la regeneración democrática (2015) a los “meta temas” (2016) y, de ahí, como si de un boomerang se tratase, vuelve a la regeneración por obra y gracia de la moción de censura de 2018. Pero hay más. La velocidad de nuestro recorrido no se detiene aquí, continúa con el acelerador a fondo.

Si el denominado “caso Gürtel” fue capaz de construir una amplia y heterogénea coalición para desalojar al Partido Popular del poder, tal acuerdo albergaría en su interior un nuevo cambio en la tematización de la agenda: la cuestión catalana llamaba a la puerta y exigía atención.

La «unidad de España» como nuevo tema de debate dominante

En realidad, el abandono de la regeneración como tema de debate principal venía fraguándose desde algunos meses atrás. Pero no será hasta la inesperada llegada al poder de Pedro Sánchez –apoyado, no lo olvidemos, por partidos independentistas– cuando el “tema España” se instalará definitivamente en la primera línea del debate público.

Este cambio en la tematización, como decimos, nos ofrece claves interpretativas muy valiosas: Beneficiará, sobre todo, a partidos como Ciudadanos. En este contexto se entiende el éxito cosechado por Inés Arrimadas en las catalanas de 2017 pero, también, en las generales de abril de 2019, donde poco faltó para conseguir el sorpasso al PP.

Pero la unidad de España en tanto que tema de debate preferente tendrá su impacto, también, en otros actores relevantes. Sobre todo, en Podemos, más cómodo en cuestiones sociales que identitarias. Pero también en un Partido Popular en plena reorganización interna tras la salida de Rajoy. Asediado tanto por el empuje de un Albert Rivera envuelto en la bandera como por la eclosión de una inédita competencia a su derecha (VOX).

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La experiencia nos indica que, en estas elecciones de noviembre, lo más probable será presenciar, de nuevo, un giro temático en la campaña. Esta segunda repetición electoral podría volver a colocar los “meta temas” en un lugar preferente y desencadenar dos efectos paralelos y una consecuencia frustrante: reforzar el bipartidismo y aumentar el descontento ciudadano, por un lado, pero, al mismo tiempo, dejándolo todo como estaba.

Los descontentos con la parálisis en la formación de gobiernos podrían refugiarse en viejas fórmulas bipartidistas. Aunque no parece probable la vuelta a un escenario de centralidad única PSOE-PP, sí veo viable la visibilización de un cierto hartazgo para con los nuevos actores emergidos en 2015.

Dos repeticiones en cuatro años quizá sean demasiadas.

Pero lo más inquietante de todo es que, con mucha probabilidad, las elecciones de noviembre volverán a lanzar –por cuarta vez ya– el mismo mensaje a nuestros representantes: Deben gobernar mediante el pacto. Parece un derroche irracional de energía política. Un paso adelante y dos atrás. Y todo ello en una campaña electoral hueca de debates sobre los problemas reales de los ciudadanos. La meta política constituye un sucedáneo de la política y los ciudadanos tienen un límite.

¡Salud y ciencia!


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