Debates electorales y cálculos estratégicos

Los debates electorales constituyen uno de los principales repertorios de comunicación política en las campañas electorales. En ellos se produce una batalla de liderazgos y una confrontación directa en torno a los principales temas de debate que preocupan a la ciudadanía. Veámoslo en detalle…

En la historia electoral española la celebración de debates ha sido más la excepción que la norma. En 1993 pudimos asistir, por primera vez, a un cara a cara televisivo. Buena parte de la suerte electoral en aquellas elecciones del final del “felipismo” tuvo que ver con la removilización de indecisos socialistas. Como es sabido, el PSOE retuvo el poder, con la mayoría de las encuestas en contra.

El buen hacer de Felipe González en el segundo de estos debates ha sido esgrimido por parte de la tradición académica (Barreiro y Sánchez Cuenca, 1998) como un elemento de primer orden para explicar la resistencia de los socialistas a perder el poder.

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Desde aquellas elecciones pioneras en la realización de debates televisados, la sociedad española tuvo que esperar nada menos que quince años para volver a ver otro duelo dialéctico. A partir de las elecciones de 2008, la costumbre de debatir comienza a asentarse. En 2011, 2015 y 2016, por diferentes motivos, sí hubo debates.

¿De qué depende que en unas elecciones generales los ciudadanos podamos ver por televisión un debate electoral? ¿Por qué a partir de 2008 se han convertido en una presencia constante en la campaña electoral?

Los cálculos estratégicos

La contestación a los interrogantes aquí planteados no tiene que ver con las típicas cuestiones que suelen esgrimirse para defender la necesidad debatir. Cosas como que en toda democracia el elector tiene el derecho (y el político la obligación, claro) de conocer por boca de sus protagonistas los programas de gobierno. O que el hábito de debatir hace a la democracia más fuerte y sana. O que constituye un repertorio de comunicación político que interesa mucho a los periodistas. O que debatir amplía el volumen de información disponible en una campaña. Nada de esto.

El principal elemento que ha hecho, hasta la fecha, que unas elecciones generales contasen o no con un debate entre los principales candidatos tiene que ver con los cálculos estratégicos de partidos y candidatos.

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Es muy probable que cuando José María Aznar pierde el segundo de los debates de 1993 haya tomado buena nota. Moraleja: en todo debate se pierde mucho más de lo que se gana. Sólo conviene si estás hundido en las encuestas o si el resultado de unas elecciones pende de un hilo. Esta consideración es probable que haya calado en el imaginario colectivo de la clase política española durante muchos años.

Pero la cosa cambia, como venimos afirmando, a partir de 2008. El motivo, bajo nuestro punto de vista, no tiene que ver con la relajación de los cálculos estratégicos, ni mucho menos. Más bien todo lo contrario. Estos cálculos estratégicos no sólo siguen ahí, sino que, en un sistema de partidos ampliado como el alumbrado tras 2015, se multiplican y entrecruzan. Y, ahí, creemos, se encuentra la clave.

Sistema de partidos ampliado

En un sistema tendente al bipartidismo la política se convierte en un juego de suma cero. Las negociaciones para el debate se vuelven difíciles. La baraja se rompe pronto si uno de los dos partidos implicados se levanta de la mesa. Resultado: el debate no se celebra. Y ya está.

Pero cuando el sistema de partidos intuye un cambio con la irrupción de Podemos y Ciudadanos momentos antes de las elecciones de 2015 (y, por supuesto, después) el panorama comienza a mutar de forma acelerada. La vieja fórmula del debate “a dos” se viene abajo, con todas sus consecuencias estratégicas.

Contamos ahora con más jugadores en torno a la mesa. Ello implica que el simple hecho de que uno de los cuatro implicados (PSOE, PP, C’S, Podemos) proponga un debate abre la posibilidad de que otros lo acepten y/o rechacen. Pero, a diferencia del pasado, el debate tiene muchas más posibilidades de seguir en pie. La fórmula del “todo o nada” del bipartidismo se resquebraja, al tiempo que los cálculos estratégicos permanecen intactos.

Es decir, para los partidos y candidatos reacios a debatir resulta difícil negarse. La mala imagen de un atril huérfano de candidato como sucedió en el debate organizado por El País en 2015 da buena muestra de ello. Otro indicio: El envío de la ya defenestrada Soraya Sáez de Santamaría en esas mismas elecciones como recadera de Rajoy. Quedó muy feo.

El atril vacío (a la derecha) dejado por la ausencia de Mariano Rajoy. Imagen de eldiario.es distribuida bajo licencia CC.

En 2016 el PP enmendó su error. En aquellas elecciones, los debates “a cuatro” con los primeros espadas de cada partido tomaban ya carta de naturaleza. Nuestra hipótesis de trabajo descansa en la consideración de que, mientras se mantenga el actual sistema de partidos con cuatro partidos importantes, los debates seguirán celebrándose. Negarse a debatir quizá tenga más costes que perder el debate. Estratégicamente convienen.

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Pero la nueva fórmula “a cuatro” no deja de presentar desafíos: cómo organizarlos para que sean atractivos al público, cómo dar entrada a las redes sociales, cómo convertir el formato en algo más interactivo, dinámico y fresco de cara al espectador… Son las consecuencias no queridas de la nueva forma de debatir que se abre paso.

Al final, paradójicamente, los juegos estratégicos en un sistema de bipartidismo roto obran a favor del ciudadano y de la celebración de debates. Aunque habrá que repensar y actualizar el formato a los nuevos tiempos.

¡Salud y ciencia!

Referencias

– Barreiro, B y Sánchez-Cuenca, I (1998): “Análisis del cambio de voto hacia el PSOE en las elecciones de 1993”. REIS 82/98.

– Castromil, A. (2018): “El futuro de los debates electorales”. Blog de politicaymedios.net.


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