La falta de soberanía del sujeto (Arias Maldonado)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Manuel Arias Maldonado que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima. Recomendamos vivemente la lectura del libro en cuestión, mucho más detallado.

Arias Maldonado sostiene que somos menos soberanos de lo que creíamos en un principio, cuando el ideal racional-liberal democrático operaba en todo su esplendor.

El giro afectivo de las ciencias sociales del que venimos hablando supone un retorno a la materialidad: el sistema afectivo del individuo es físico, somático, corporal. Opera de forma autónoma con independencia de nuestras intenciones, voluntad y creencias: los afectos se imponen a nosotros.

Podemos entender, entonces, que el “individualismo soberano” se basa en la ficción de que podemos vivir y actuar como si no estuviésemos formados por influencias externas.

Los afectos constituyen una de esas influencias y su existencia sugiere que la subjetividad también es influenciada. Si la emoción sobrevenida nos paraliza o decidimos a partir de una percepción afectivamente sesgada, no estamos actuando como individuos soberanos.

En este sentido, ya la reacción del Romanticismo a la Ilustración devolvió importancia a las emociones, situándolas en una relación de antagonismo con una razón a la que con frecuencia lograban dominar.

Se reconoce la existencia de factores constitutivos del ser humano que poseen carácter innato y universal. Pero es mucho lo que ignoramos aún del cerebro y, por lo tanto, de las emociones mismas.

Diferentes afectos

Pero no todos los afectos son iguales. Se puede hablar del afecto, que identifica la dimensión más inconsciente y material del sentimiento humano. Y la emoción, un sentimiento más consciente y relacionado con estados mentales que conocen formulación lingüística.

Dentro de las emociones podemos, a su vez, diferenciar entre las emociones propiamente dichas y los sentimientos, que tienen una duración más prolongada.

Las emociones tienen un carácter más impersonal e instintivo, mientras que los sentimientos son más complejos y presentan un mayor grado de personalización, conectados como están a los recuerdos propios y a las normas sociales.

Las emociones, siguiendo al psicoanálisis, son ambivalentes y gozan, en ocasiones, de pluralidad interna: el odio a alguien puede esconder amor o deseo, y el amor puede contener una parte de rencor.

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Las emociones tienen base material y su origen está en la actividad cerebral. Por ello, tiene sentido hablar de “cerebro emocional”.

Aunque no quepa duda de que las emociones están vinculadas a patrones de actividad cerebral y visceral, hasta ahora no ha sido posible demostrar que estados emocionales específicos se corresponden directa, unívocamente, con indicadores cerebrales particulares.

Las razones y la emoción

Las emociones pueden neutralizar el resultado de ciertas evaluaciones racionales. Las pasiones se caracterizan por ser insensibles a las recompensas. Quien ama, envidia u odia se embarca a menudo en recursos de acción fatales a pesar de saber que nada positivo pueden producir.

Razón y emoción son dos sistemas complementarios que se alternan en nuestro cerebro para la toma de decisiones complejas: uno es lento pero preciso y el otro es rápido e impreciso.

La contraposición de razones y pasiones no tiene por qué implicar una oposición entre lógica y ausencia de lógica, ya que, más bien, estaríamos ante dos lógicas diferentes: la lógica simbólica de las pasiones y la lógica analítica de las razones.

Lo que sí deberíamos reconocer, para Arias Maldonado, es que el afecto constituye un importante motor del comportamiento y cumple una función cognitiva.

Gracias a la teoría evolutiva y a las neurociencias sabemos que existen una serie de emociones básicas que no son aprendidas sino innatas, impuestas por la neuroanatomía humana. Se trata de respuestas espontáneas sobre las que tenemos escaso control: alegría, angustia, ira, miedo, sorpresa o asco.

Si existen es porque poseen o han poseído utilidad evolutiva, algo que en una especie social como la nuestra remiten a la expresión externa como fuente de información hacia los demás. También son un medio para la acumulación de experiencia que puede traducirse en aprendizaje.

Aunque existe un cierto acuerdo en considerar a las emociones básicas como innatas, no hay consenso sobre la clasificación de las restantes emociones.

Junto a estas emociones básicas encontramos otras culturalmente específicas que no se desarrollan a menos que se produzcan ciertas condiciones específicas.

Se ha desarrollado una tercera categoría formada por las emociones altamente cognitivas que poseen un carácter fundamentalmente social y sirven para resolver problemas de compromiso intersubjetivo. Son emociones como la vergüenza, la culpa, el azoramiento, el orgullo, la envidia o los celos. Su función no es otra que mantener la cohesión social.

Pero se trata ésta de sólo una forma de distinguir entre emociones. También es frecuente la diferencia entre emociones positivas y negativas. En esta línea, se ha hablado de emociones morales positivas (como la compasión, simpatía, perdón) y emociones morales negativas (disgusto, desprecio).

También se ha hablado de sentimientos positivos de atracción que median entre nuestras relaciones con los otros (amor, confianza, gratitud) frente a los sentimientos negativos de repulsión (odio, envidia, desprecio).

Por último, están los sentimientos asociados a la pérdida (tristeza, decepción, desilusión, melancolía, dolor); con el daño que afectan a individuos o grupos e incluyen la vergüenza y la humillación; con la injusticia (ira, indignación), dependientes de cómo un asunto es percibido; o con el deseo de huida (ansiedad, terror, paranoia).

Esta tipología sugiere que las emociones no tienen la misma vida en contextos socioculturales distintos.

La construcción social de las emociones: constructivismo vs realismo

La cultura es parte del bagaje preconsciente de los individuos y da lugar a reacciones automáticas. La cultura individual y las interacciones humanas se encuentran constreñidas por estructuras sociales reguladas por sistemas simbólicos, de manera que tanto la evaluación cognitiva como la activación de emociones están, al menos hasta cierto punto, influidas por la relación entre cultura y sociedad.

Si bien sería absurdo negar que las emociones poseen una base biológica, la neurociencia corre el riesgo de ignorar la variabilidad que introduce la cultura, minusvalorando nuestra condición de actores situados en un contexto social determinado.

El constructivismo social bien entendido, para Arias Maldonado, tendría mucho más que ver con el hecho de no entender por construcción social que las emociones sean una creación lingüística o carezcan de sustrato biológico.

Aunque, desde luego, el constructivismo propone la influencia de la cultura sobre el individuo. Es decir, la maneja la idea de que el modo en que la gente piense sobre las emociones puede ser una cosa más bien específica de cada cultura, aunque las emociones mismas no lo sean.

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Los juicios morales poseen naturaleza emocional y sirven para producir cohesión social intragrupal, aunque a cambio generan enemistades intergrupales. La moral, en este sentido, sería un producto más de la selección natural: una adaptación psicológica que facilita la cooperación entre individuos potencialmente egoístas, con el objeto de poner en marcha una relación de la que resultan más beneficiados que si actuasen por separado.

Patologías de la racionalidad

Arias Maldonado habla de la propensión humana a ignorar la información que no encaja dentro de las propias creencias. Pero es preciso reconocer que el control que ejercemos sobre nuestras decisiones deja mucho que desear. En este sentido podemos entender que la razón busca más que encuentra la verdad.

De ahí el empleo de una heurística afectiva que evalúa alternativas en función de los sentimientos y no tanto de los datos. Tendemos a sobre estimar nuestro entendimiento del mundo y a subestimar, en cambio, el papel de azar en los acontecimientos.

El sujeto no es exactamente irracional, sino que aplica un procesamiento de la información y toma de decisiones mediante un tipo particular de racionalidad: el uso de la heurística o atajos decisorios.

Racionalidad, emoción y voto

El votante, para la escuela más racionalista (Popkin), suele tener unas creencias prefijadas que trata de apuntalar con el mínimo posible de información. El votante medio es, así, un simplificador de la realidad, una criatura sensible al impacto de categorías simplificadoras como la “casta” o los “inmigrantes”.

Tan importante como los efectos políticos de la emoción es el hecho de que los actores políticos conocen su potencial y lo emplean para lograr sus objetivos.

Se ha sostenido así que el votante racional es un mito y que la democracia no sería tanto un mercado de ideas que un mercado de emociones.

En este sentido, el “progresismo” y el “conservadurismo” constituyen grandes narrativas que se ofrecen al público para su consumo y disfrute.

Es así evidente que las emociones juegan un papel esencial en la gestación del juicio político. El influjo de las emociones sobre el procesamiento de la información se suma a las deficiencias inherentes a la racionalidad, la mayoría debidas a la complejidad de un entorno que debemos simplificar para vivir en él y a las consecuencias diferidas en el tiempo de nuestras decisiones.

Percepción y sensación deben ser consideradas como facetas del sujeto postsoberano: cómo percibimos y qué sensaciones experimentamos son datos que influyen sobre nuestra conducta.

La creación social de sentido

Los fenómenos sociales no poseen un significado neutral adscrito naturalmente a ellos y al que los sujetos pueden acceder directa y unívocamente, sino que ese significado depende de una serie de procesos sociales de comunicación y creación de sentido.

Diferentes interpretaciones de un mismo hecho entran en disputa, movilizados por actores distintos que tratan de convertir su marco de percepción en la interpretación social mayoritaria. Su correspondiente generalización producirá, en sí misma, cambios sociales y políticos.

Aunque hay sujetos que luchan por imponer o defender un marco particular, la mayoría de la ciudadanía se limita a dejarse impregnar por los significados que la envuelven: otro fragmento de ciudadanía que se queda por el camino, según Arias Maldonado.

No es fácil establecer fronteras claras entre el enmarcado y el storytelling, entendido como la fabricación de una narrativa, una historia, que ayuda a interiorizar un determinado contenido o idea a sus receptores.

Ha habido autores que han relacionado el storytelling con el control social y la violencia simbólica.

Todo parece apuntar, además, a que la capacidad de las campañas persuasivas para producir las emociones deseadas está sujeta a no pocas limitaciones. Y la esfera pública podría entenderse como el lugar de un permanente juego de definiciones y redefiniciones de los fenómenos sociales, económicos, morales y políticos. Es una guerra de significados.

El conflicto político es, ante todo, una lucha por conquistar las percepciones del público, imponiendo los marcos que más nos convienen o aquellos que representan más eficazmente nuestra visión de las cosas.

Esto implica entender la política como una empresa perceptiva que no cesa de producir reconfiguraciones. De hacer visible lo que se había excluido de campo perceptivo, y viceversa.

La política siempre ha sido, en gran medida, una lucha por el control de los signos, del significado de las palabras. Si la política se ha hecho espectáculo es en gran medida porque la figura del líder se destaca sobre la oferta programática de su partido y opaca, a ojos de muchos votantes, cualquier consideración de los asuntos en juego.

Ideología y emoción

La ideología es un conjunto de creencias sobre la realidad social que están dotadas de coherencia interna y se expresan hacia afuera en forma de preferencias. Esta definición suena muy racional, pero, ¿no es la ideología también una emoción?

Karl Marx y Karl Manheim entienden por ideología una falsa conciencia de la realidad social, o sea, una percepción distorsionada de esta que sirve a quienes ejercen el poder. Quien padece una falsa conciencia proyecta sobre la realidad social uso significados erróneos.

Si ideología es un régimen de percepción de la realidad que disciplina nuestra visión de la realidad, ¿hace al sujeto más o menos soberano? La respuesta depende, en gran medida, del grado de autoconsciencia del propio sujeto.

Cuanto más invisible resulte la ideología para quien la posee, menos soberano será. Porque, muchas veces, la ideología queda sedimentada en el mundo social, naturalizada a ojos de sus miembros.

El orden social es entendido aquí como un discurso: el resultado de un conjunto de acuerdos intersubjetivos que cristalizan en valores, prácticas y estructuras materiales.

Las ideologías no son exactamente ni falsas ni verdaderas, sino indicadoras de la forma en que las personas construyen su mundo. Son representaciones de la realidad, densos conjuntos de símbolos que proporcionan a individuos y grupos un mapa mediante el cual orientarse en el mundo que no tienen capacidad de descifrar individualmente.

No en vano, los mapas son representaciones selectivas que hacen más pequeña la realidad para hacerla más comprensible. La ideología se convierte en un atajo cognitivo, en una forma de circunvalar la complejidad social a través de metáforas y símbolos.

Si conceptos como libertad, igualdad o justicia son inevitablemente polisémicos, lo que hacen las ideologías es privilegiar ciertos significados en detrimento de otros.

La igualdad, así, tendrá un significado para el socialismo y otro para el liberalismo. La ideología misma puede, entonces, entenderse como un sistema de cierres semánticos relacionados entre sí. Y cada ideología producirá, a su vez, una cultura política que admitirá ciertas variaciones nacionales.

Cuanto más bajo es el nivel de información intelectual de un individuo, menor es su capacidad para comprender globalmente el sistema de creencias y la lógica de sus conexiones; y no se diga ya su habilidad para cuestionarlo.

Por eso no es de extrañar, sostiene Arias Maldonado, que los sistemas de creencias se difundan en “paquetes” que sus consumidores aceptan como conjuntos naturales.

Las ideologías, en fin, poseen una fuerte dimensión emocional. Un claro componente ansiolítico, que comparten con las religiones. Ideología y religión son, así, dos formas de canalización de la energía emocional.

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La política posee una dimensión religiosa debido a una problematicidad de la existencia que la secularización no puede erradicar (Eric Voegelin). Supone el empleo de símbolos religiosos intramundanos. Aquí está el origen de las utopías políticas: el reino eterno deja de ser una comunidad supra terrenal para convertirse en el estado terrenal propio de la humanidad perfecta.

Las ideologías políticas ofrecen al individuo el ingreso en una comunidad afectiva que proporciona recompensas emocionales. La ideología promete un gozo ligado a la integración en el grupo o a la comunidad sostenida por ella.

Al proporcionar un mapa para interpretar la realidad, la ideología provoca el cierre del sujeto a aquellos estímulos exteriores que pudieran modificar el dibujo resultante de dicha realidad.

Las ideologías, de este modo, parecen contribuir a la limitación de la soberanía del individuo en lugar de aumentarla, a pesar de que la impresión subjetiva de ese mismo individuo podría ser la contraria.

Por un lado, las ideologías nos dan el trabajo hecho, suministrando paquetes de sentido a los que recurrir, al modo de una heurística, para emitir juicios políticos. Por otro lado, su fuerte componente afectivo se convierte en un obstáculo más para el ejercicio intersubjetivo de la persuasión racional que debiera ser el principal método para la toma de decisiones en las democracias contemporáneas.

La importancia de la semántica

Los humanos somos seres psicobiológicos condicionados por la transmisión cultural de la información y por la capacidad de las culturas y subculturas para configurar percepciones de la realidad social y moral.

Fuera de una serie de emociones básicas, poco comparten un indígena amazónico y un ciudadano neoyorquino, porque cada uno habita un mundo de significaciones propio que condiciona su ser en el mundo.

Nuestros significados, creencias y apegos no son autocreados, sino que proceden del entorno cultural que habitamos.

Aprobación y reprobación, imitación y enseñanza, se convierten en motores biológicamente inducidos del aprendizaje social e individual. Según Arias Maldonado el esquema sería: soy porque copio.

Es la importancia de la ejemplaridad como fuente de la normatividad individual.

Aunque se supone que tomamos decisiones libres de la influencia de nuestra red social, lo cierto es que las personas y los grupos con los que nos relacionamos no se limitan a suministrarnos información que ponderaremos de forma racional, sino que ejercen un influjo directo e inmediato sobre nuestra conducta política.

El individuo obtendrá información de su entorno inmediato, ahorrándose el esfuerzo de buscarla en otra parte. Por otro lado, esa misma red de contactos ejerce sobre sus miembros una presión cuya eficacia es coherente con la evidencia de que existe en los individuos una robusta inclinación a la conformidad grupal.

Uno es influido, pero también influye. Los individuos pierden una parte de la su autonomía y basan sus decisiones políticas en las preferencias de otros.

Para algunos autores (Joshua Greene) la moralidad no es más que un producto de la selección natural: una adaptación psicológica que facilita la cooperación entre individuos potencialmente egoístas, que, de este modo, obtienen un mayor beneficio que si actuasen por separado, pero que dificulta, a su vez, la cooperación entre grupos distintos.

Las emociones son descritas como procesos automáticos que nos permiten actuar con eficiencia, en la medida en que producen comportamientos adaptativos.

Las emociones, de este modo, se entienden como básicamente relacionales.

La existencia universal de emociones básicas de carácter innato está demostrada sobradamente. No obstante, Arias Maldonado cree que es preciso evitar un exceso de innatismo que desatienda la dimensión social de las emociones.

Ello se aplica tanto a las emociones más básicas, que pueden manifestarse y activarse de distinta manera en distintas culturas o épocas, como a emociones más complejas cuya función pudiera ser regular las relaciones del individuo con su entorno social: la confianza, los celos, el amor.

Podemos hablar de patrones emocionales de grupo, de estados de ánimo colectivos, de redes afectivas que facilitan la difusión de sentimientos dentro de una misma comunidad y asignan carga afectiva a determinados signos lingüísticos.

Referencias

Arias Maldonado, M. (2016): La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI. Barcelona. Página Indómita.

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