La televisión divertida (Neil Postman)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Neil Postman que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

Para Postman el discurso político toma, cada vez más, la forma de espectáculo. En general, la política, la religión, las noticias, los deportes, la educación y el comercio se han trasformado en accesorios simpáticos del mundo del espectáculo, sin que haya habido protestas o la gente haya sido consciente de ello.

El resultado es que somos un pueblo al borde de divertirnos hasta la muerte. La cosmética ha reemplazado a la ideología como el campo sobre el cual el político debe manifestar su pericia y competencia.

Por ello, aquellos candidatos que carecen del atractivo exigido por la cámara son excluidos de lo que se denomina las noticias del día.

No escasean los críticos que han observado y registrado la disolución del discurso público en los Estados Unidos, y su conversión al arte del mundo del espectáculo. Pero estamos sólo iniciando el análisis de este descenso al mundo de la trivialidad.

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La televisión

La forma del cuerpo de un hombre es totalmente irrelevante en cuanto a la formación de sus ideas cuando se dirige a un público por escrito, o por radio. Pero es muy relevante en la televisión.

Y ello porque en la televisión el discurso se transmite mediante la imagen visual, lo que significa que este medio nos brinda una conversación de imágenes y no de palabras.

No se puede hacer filosofía en televisión porque su forma conspira contra el contenido.

La decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión es un hecho. Esta transformación representa un cambio dramático e irreversible del contenido y significado del discurso público.

A medida que la influencia de la imprenta disminuye, el contenido de la política, la religión, la educación y todo aquello que comprenda las cuestiones públicas debe cambiar también y ser refundido en los términos más apropiados a la televisión.

La cultura centrada en la palabra da paso, así, a otra cultura centrada en la imagen. De la magia de la palabra a la magia de la electrónica.

De este modo, para Postman gran parte de nuestro discurso público se ha convertido en una peligrosa absurdidad. Un discurso que era diferente: coherente, serio y racional. Pero bajo el predominio de la televisión se ha marchitado y vuelto absurdo.

La idea moderna de la individualidad

Con la invención de la imprenta, la tipografía fomentó la idea moderna de la individualidad, pero destruyó el sentido medieval de la comunidad y la integración.

La tipografía hizo posible la ciencia moderna, pero transformó la sensibilidad religiosa en mera superstición. Favoreció el crecimiento del estado-nación, pero por otra parte convirtió el patriotismo en una emoción sórdida y letal.

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 Las personas producto de la cultura televisiva necesitan un lenguaje sencillo, tanto oral como visualmente.

La televisión redefine el significado del discurso público.

La televisión encontró en una democracia liberal y en una economía de mercado relativamente libre un clima favorable para la explotación de todas sus posibilidades como tecnología de la imagen.

Nuestros programas de televisión son tan solicitados no porque la gente ame nuestro país (Postman se refiere a Estados Unidos), sino porque ama nuestra televisión.

La televisión ofrece a los espectadores una gran variedad de temas, requiere un mínimo de habilidad para comprenderla, y está dirigida sobre todo al a gratificación emocional.

El entretenimiento

La televisión está dedicada totalmente a dar entretenimiento a la audiencia.

Pero lo importante, para Postman, no es tanto que la televisión sea entretenimiento, sino que la televisión ha hecho del entretenimiento en sí el formato natural de la representación de toda experiencia.

Nuestro televisor nos mantiene en constante comunión con el mundo, pero lo hace con un rostro cuya faz revela una sonrisa inalterable.

El problema no es que la televisión nos da material y temas de entretenimiento, sino que nos presenta todos los asuntos como entretenimiento.

Por decirlo de otra manera, el entretenimiento es la supraideología de todo el discurso sobre la televisión.

Postman llega a afirmar que no debemos tomar las noticias en serio, ya que, por decirlo de alguna manera, con la televisión todo es una broma. Un noticiario es un formato para el entretenimiento, no para la educación, la reflexión o la catarsis.

Cuando se está transmitiendo un programa de televisión, es prácticamente imposible decir “déjeme pensar en ello” o “no lo sé” o “¿qué quiere decir cuando afirma…?” o “¿de qué fuentes procese su información?”.

La televisión tiende a revelar a la gente que el acto de pensar es desconcertante y aburrido.

Televisión y cultura

La televisión es el principal modo cultural que tenemos para conocernos a nosotros mismos. La manera en que la televisión escenifica el mundo se convierte en el modelo de cómo se ha de organizar adecuadamente ese mundo.

No se trata sólo de que en la pantalla de la televisión el entretenimiento sea la metáfora de todo discurso, sino que, fuera de ésta, prevalece la misma metáfora.

Así como la tipografía dictó en su momento el estilo de conducción de la política, la religión, los negocios, la educación, la ley y otras cuestiones sociales importantes, ahora es la televisión la que toma el mando.

Los estadounidenses, sostiene Postman, ya no hablan entre sí. Se entretienen recíprocamente. No intercambian ideas, sino imágenes. No argumentan con suposiciones, sino que lo hacen en base a cosas agradables, celebridades y anuncios.

La naturaleza del discurso televisivo hace que cada día que pasa resulte más difícil distinguir la línea divisoria entre lo que es entretenido y lo que no lo es.

Nuestros pastores y presidentes, nuestros cirujanos y abogados, nuestros educadores y presentadores de noticias deben preocuparse más por presentar un buen espectáculo que en satisfacer las demandas de su disciplina.

El mundo instantáneo

El mundo, tal y como ha sido diseñado por los medios electrónicos acelerados, carece de orden y significado y no debe ser tomado seriamente.

No hay ningún asesinato que sea tan brutal, ningún terremoto tan devastador, ningún error político tan costoso que no sea posible borrar de nuestra mente con un “y ahora esto” de algún presentador.

El presentador quiere decir que ya se ha pensado suficientemente sobre el asunto (unos 45 segundos), que no se debe estar morbosamente preocupado por él y que ahora debe prestarse atención a otro fragmento de noticias o a la publicidad.

En la televisión se presentan noticias sin contexto alguno, sin consecuencias, sin valor, sin seriedad. Es decir, noticias puramente entretenidas.

Los noticiarios son una especie de actuación dramática estilizada cuyo contenido ha sido puesto en escena principalmente para entretener.

Resulta prácticamente imposible transmitir un sentido de seriedad sobre cualquier acontecimiento si sus implicaciones se agotan en menos de un minuto, que suele ser lo máximo que dura una pieza informativa televisiva.

Los telespectadores saben que no importa cuán grave pueda parecer cualquier fragmento de una noticia, de inmediato será seguida por una serie de anuncios comerciales que, en un instante, reducirán la importancia de la noticia, tornándola de hecho irrelevante.

El resultado, para Postman, es que los estadounidenses son los ciudadanos mejor entretenidos y, probablemente, peor informados del mundo occidental.

Desinformación

Lo que sucede es que la televisión está alterando el significado de la propia expresión “estar informado” al crear un tipo de información, que, para ser más exactos, habría que calificarla de desinformación.

La desinformación no significa información falsa, sino engañosa, equivocada, irrelevante, fragmentada o superficial. Información que crea la ilusión de que sabemos algo, pero que de hecho nos aparta del conocimiento.

Cuando las noticias son presentadas como entretenimiento, éste es el resultado inevitable. Estamos siendo privados de una información auténtica y perdiendo el sentido de lo que significa estar bien informado.

La ignorancia es siempre corregible, pero ¿qué pasaría con nosotros si llegásemos a aceptar que la ignorancia es conocimiento?

La televisión ha logrado el poder de definir la forma en que las noticias deben darse a conocer, como también ha definido cómo debemos responder a ellas. Al presentar las noticias como un vodevil, la televisión induce a otros medios a hacer lo mismo, de manera que todo el entorno informativo comienza a imitar a la televisión.

Varias veces se ha demostrado que una cultura puede sobrevivir a la desinformación y al a opinión falsa; pero todavía no se ha demostrado si una cultura puede subsistir si realizara una valoración del mundo en veintidós minutos, o si la valoración de sus noticias fuera determinada por el número de risas que provoca.

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Mi ejemplar de Divertirse hasta morir de Postman. Licencia CC.

Los anuncios de la televisión

Los anuncios de televisión, asegura Postman, han influido en los hábitos de pensamiento de los norteamericanos.

Los anuncios no tratan del carácter de los productos que se han de consumir, sino del carácter de los consumidores de los productos.

El anuncio de televisión ha sido el instrumento principal en la creación de métodos modernos de presentación de las ideas políticas. El conocimiento político consiste en tener imágenes en la mente en vez de palabras.

El anuncio nos exige que creamos que todos los problemas se pueden resolver, pero el anuncio desdeña la explicación, porque lleva tiempo e invita a la argumentación.

Una persona que haya visto un millón de anuncios en la televisión podría muy bien creer que todos los problemas políticos tienen soluciones rápidas a través de medidas sencillas. O bien que no debe confiar en el lenguaje complejo, y que todos los problemas pueden ser expresados teatralmente. O que la discusión es de mal gusto y sólo conduce a la incertidumbre.

La lección que nos dejan los grandes anuncios de televisión es la siguiente: nos dan un eslogan, un símbolo o un enfoque que crea para los telespectadores una imagen global y convincente de sí mismos.

Como los anuncios de televisión, la política de imagen es una forma de terapia, lo que explica por qué tanto de ella es encanto, buena apariencia, celebridad y revelación personal.

Así como el anuncio de televisión se vacía de auténticos productos de información, a fin de poder llevar a cabo su tarea psicológica, la política de imagen se vacía de contenido político auténtico por la misma razón.

La política de imagen y las noticias instantáneas no proporcionan el contexto de las cosas, sin que obstaculizan cualquier intento de ofrecerlo.

Censura y televisión

Postman sostiene que, tal y como sugiere Gebner, la televisión perjudica la libertad, pero lo hace con manos inocentes, por así decirlo. La televisión no prohíbe libros, simplemente los desplaza.

La lucha contra la censura es una cuestión surgida en el siglo XIX y que ha sido ganada totalmente en el XX. Ahora nos enfrentamos con el problema que plantea la estructura económica y simbólica de la televisión.

Los que dirigen la televisión no limitan nuestro acceso a la televisión, sino que, de hecho, lo amplían. Pero lo que miramos es un medio que nos presenta la información de tal manera que resulta simplista, insustancial, no histórica y no contextual; es decir, información disfrazada de entretenimiento.

Tiranos de todo tipo han reconocido siempre el valor de proporcionar a las masas diversión como forma de apaciguar su descontento. Pero la mayoría de ellos no podría ni siquiera soñar con una situación en la que las masas llegarían a ignorar todo aquello que no divierta.

La censura no es necesaria cuando el discurso político toma la forma de una broma.

Referencias

– Postman, N. (2012. V. O. 1991): Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del <<show business>>. Barcelona. Ediciones la Tempestad.

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