Populismo y emociones (Arias Maldonado)

Imagen de RyanMcGuire libre de derechos

Por Antón R. Castromil / Contacto

<<< Volver a la Unidad Docente

¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Manuel Arias Maldonado que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima. Recomendamos vivemente la lectura del libro en cuestión, mucho más detallado.

Nuestro uso de la razón, según Arias Maldonado, se caracteriza mucho más por sus deficiencias que por su fiabilidad. Ni la trayectoria histórica de los conceptos ni las formas cambiantes de las ideologías pueden entenderse sin aludir a sus desplazamientos ni acentos emocionales. Así, conceptos como pueblo, igualdad o libertad son abstracciones a las que resulta necesario dar un sentido concreto si queremos que realmente signifiquen algo.

La distancia que existe entre el puro ideal afectivo de la democracia (promesa de autogobierno colectivo) y su realidad (un sofisticado sistema de mediaciones, frenos, contrapesos, límites) abre una grieta simbólica de la que echan mano aquellas ideologías o estilos políticos que se caracterizan por su insatisfacción con el sistema liberal democrático y buscan reemplazarlo por alguna de sus hipótesis alternativas.

El populismo, en este sentido, apuesta por construir el pueblo como sujeto político a través de un liderazgo carismático y una estrategia comunicativa asentada abiertamente en contenidos emocionales.

Algunos supuestos importantes aquí tienen que ver con la idea de política como algo capaz de realizar fines colectivos a través de la acción soberana, de la voluntad política. Una oferta electoral en permanente promesa de cambio y la capacidad de esa misma política para diseñar eficazmente la realidad en todos sus aspectos.

El régimen emocional del populismo

El antagonismo político que propone el populismo se basa en la idea del pueblo y de los enemigos del pueblo. El pueblo se articula a través del partido populista, que, de manos del líder carismático, se postula como único represente legítimo de ese pueblo en su tarea de recuperar el poder usurpado por los enemigos.

Y esta es, para Arias Maldonado, una empresa de alto contenido emocional, donde la misma idea de pueblo es investida de cualidades afectivas que el líder populista viene a encarnar.

Ello es posible porque la democracia liberal, asentada formalmente en la soberanía popular, mantiene una relación ambigua con esa entidad imposible que es el pueblo.

Por ello el populismo ha sido reivindicado, a pesar de sus resultados potencialmente negativos, como un fenómeno típicamente democrático.

El concepto de pueblo tiene más que ver con una invención deliberada y no con un producto histórico de una imaginación colectiva. Al hablar de pueblo, el populismo lo crea.

El pueblo es una metáfora: la imagen de una totalidad unida que la realidad, debido a la fragmentación de las sociedades modernas, no confirma.

De este modo, el populismo se impone la tarea de ser él quién construye la noción de pueblo, con arreglo a su propia definición, apelando a los afectos de sus miembros latentes o potenciales.

Esto implica que, según Arias Maldonado, el populismo carezca de un contenido ideológico específico y conozca, bien al contrario, encarnaciones múltiples. Hay populismos de derecha e izquierda, proteccionistas y neoliberales, fascistas y democráticos.

Algunos autores hablan de “ideología débil” y otros de “estilo político”. Se apunta así mucho más a los repertorios de acción de sus líderes que modifican o crean la subjetividad del público y, de ese modo, dan forma al pueblo, el cual se define por su antagonismo.

Resulta necesario, en esta tarea de definición del pueblo, un poderoso enemigo, cuya forma es variable, pero, habitualmente, oligárquica: las elites, los ricos, la clase política… El líder carismático otorga cohesión al pueblo así creado explotando ese antagonismo.

Según Ernesto Laclau, esta tarea de creación del pueblo unifica sujetos y actores sociales de otro modo dispersos. Ello no sólo constituye una eficaz lógica política, sino la lógica misma de la acción democrática.

El populismo, de este modo y a través de la mediación del líder carismático, viene a recuperar un poder para el pueblo del que había sido privado. Es una promesa de redención frente a la política institucionalizada y tecnocrática.

El populismo equivale a una impugnación del liberalismo en la medida en que toma como punto de partida la convicción de que la sociedad no puede asentarse sobre una base racional. Bien al contrario, el lazo social es de base sentimental.

En muchas ocasiones, se trata de trabajar con los sentimientos negativos producidos por la insatisfacción de distintos grupos sociales, intensificada durante las crisis económicas, para convertirlos en sentimientos positivos de pertenencia.

Imagen de Free-Photos libre de derechos

Podría decirse, según Arias Maldonado, que el pueblo es una ilusión en un doble sentido: como activador de emociones positivas y como espejismo de unidad.

El populismo cree resolver de este modo el problema que deja en el aire el liberalismo, que es definir y dar existencia al pueblo.

El populismo se dirige a la multitud a través de medios emocionales, es aquí donde sus ideas abstractas se hacen afectos. Para Laclau el pueblo se construye por medio de una operación de investidura que pertenece necesariamente al orden afectivo. Sólo así se puede convertir un objeto particular en una cosa universal.

Sólo así pueden tener éxito las operaciones consistentes en modificar la percepción colectiva de un significante dado (pueblo, justicia, democracia) con el objetivo de lograr eso que se llama “hegemonía”: una exitosa generalización de ese significado.

El populismo haría explícito lo que se encuentra implícito en las demás ideologías políticas dibujando un pueblo virtuoso y homogéneo frente a un conjunto de elites peligrosas.

Populismo y espectacularización

Para Arias Maldonado, la política democrática ha adoptado, en su conjunto, un repertorio y un modo tomado prestado del populismo: la creciente importancia del liderazgo en los partidos, el uso de un discurso hiperbólico, la apelación plebiscitaria a la multitud, el recurso a las técnicas persuasivas emocionales…

Los medios de comunicación también actúan de esta forma. Y los líderes tienden al estrellado mediático, en el que a menudo resultan indistinguibles de las celebridades de otros ámbitos.

No debe extrañarnos, entonces, que el lenguaje político se va contaminado por la retórica antisistema que predomina, en muchas ocasiones, en la esfera cultural.

En resumen

Según Arias Maldonado, podemos considerar populista aquel partido o movimiento que construye una noción parcial y excluyente de pueblo por medio preferentemente de la apelación sentimental, otorgando primacía a la multitud sobre la ciudadanía y erigiéndose en privilegiado intérprete de la voz de ese pueblo imaginario.

Referencias

Arias Maldonado, M. (2016): La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI. Barcelona. Página Indómita.

<<< Volver a la Unidad Docente