Negativismo político-mediático (Castromil)

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Imagen de Paul Walker distribuida bajo licencia Creative Commons

Por Antón R. Castromil / Contacto

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En aquellos lugares en los que la interrelación entre el mundo de la política y el de la comunicación se encuentra entremezclado (el paralelismo político al que hacían referencia Hallin y Mancini), una de las formas más habituales de actuación tiene que ver el empleo de coberturas negativas.

Los medios pueden cubrir un determinado acontecimiento de dos formas diferentes: De manera neutral o tendenciosa. La primera posibilidad implica un distanciamiento y una ausencia de toma de partido, construyendo las informaciones a partir de una variedad de fuentes y puntos de vista.

De esta forma, se permite que sea el lector el que saque sus propias conclusiones. La variedad de cobertura tendenciosa, en cambio, intenta influir desde el primer momento en las audiencias mediante un encuadre interesado que destaca una visión deliberadamente sesgada del hecho que se trata.

Las coberturas tendenciosas pueden clasificarse, a su vez, en positivas o negativas. Los medios de comunicación cuando, por ejemplo, cubren una campaña electoral pueden dar cuenta de lo que en ella sucede alabando las virtudes de su candidato o partido preferido. Haga lo que éste haga, la cobertura será siempre positiva, no porque así lo merezca, sino por el simple hecho de tratarse de su partido o candidato favorito.

En cambio, la vía del negativismo emplea la dirección contraria. En vez de ensalzar al propio, se ataca al contrario. La utilización de recursos de publicidad negativa se dirige a socavar la reputación de una opción política, a evocar imágenes y argumentos que degraden las percepciones que del rival se forman los ciudadanos.

La política del espectáculo

La negatividad y el conflicto constituyen importantes elementos que alimentan la espectacularización de la política y ayudan a concitar el interés del público a través del espectáculo que supone la batalla. Los medios parecen indicar a los candidatos que, si no tienen nada malo que decir, es mejor que no digan nada. De esta forma, la preferencia periodística por el ataque favorece, para lograr cobertura, que la política adquiera mayores tintes negativos.

Pero, ¿qué impacto podría tener en la ciudadanía este tipo de coberturas negativas? ¿Favorecen la desafección y el alejamiento para con los asuntos públicos o, bien al contrario, suponen una oportunidad para hacer de la democracia un sistema más abierto y plural? Como suele ser habitual en ciencias sociales la tradición investigadora no se pone de acuerdo.

La visión más convencional suele considerar que la publicidad político-mediática al ataque tiene como principal efecto el aumento de la abstención y la polarización de la sociedad (Ansolabehere y Iyengar, 1995; Jamieson, 1992, Patterson, 2003). En la medida en que el negativismo provoca la abstención de los electores más moderados, sólo permanecerán activos los ciudadanos próximos a los extremos ideológicos más radicalizados. Como resultante, habría que hablar de una sociedad más fragmentada y un mundo político en el que el consenso y la colaboración se volverían prácticamente imposibles.

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El negativismo supone una amenaza para la democracia

Para autores como Jamieson (1992), la ventaja del negativismo tiene que ver con su mayor poder de influencia para cambiar predisposiciones o, simplemente, en el hecho de que los mensajes negativos se recuerdan mejor (Ibíd. 41).

Junto a esta característica, se cree también que el negativismo reduce la capacidad crítica y de discernimiento al generar sensación de miedo (Ibíd. 60). Como se sabe, el miedo tiene la particularidad de anular las reacciones más lógicas y previsibles de los seres vivos. De ahí que resulte muy peligroso enfrentarse a una fiera que se encuentre amenazada y acorralada. Sus reacciones se vuelven imprevisibles y carentes de toda lógica. Algo parecido ocurre en los públicos sometidos a los efectos del negativismo político-mediático.

Este negativismo tiene también la utilidad de la simplificación. En este sentido, puede ser entendido, del mismo modo que otros valores políticos como la ideología o la identificación partidista, como una poderosa pauta heurística. Un atajo cognitivo que ayuda al ciudadano a construir de forma rápida y económica sus actitudes sobre los más variados asuntos.

La descripción del adversario en términos de bueno/malo, correcto/incorrecto, justo/injusto, pobre/rico, legal/ilegal, etc. facilita la labor de tomar partido, de decantarse por la opción propia descartando de plano la contraria. No se utilizan argumentos, sólo categorizaciones maniqueas.

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Imagen de João Ferrão distribuida bajo licencia Creative Commons

El negativismo ofrece oportunidades de mejora a la democracia

Para otra parte de la investigación (Brooks, 2006; Geer, 2006; Lau y Pomper, 2004) el empleo del negativismo, contrariamente a lo establecido, puede tener efectos beneficiosos en el sistema democrático y en la ciudadanía.

Geer (Ibíd. 6) cree que los sistemas pluralistas requieren del uso de la negatividad, ya que la ciudadanía tiene derecho a conocer las partes “buenas y malas de los candidatos y sus objetivos políticos” (Ibíd.). Y los más indicados para hacerlo no son sino los políticos y candidatos rivales. De este modo, se cree que sólo mediante el uso de la crítica es como la política entra en el terreno del debate.

Los candidatos alternativos tienen que demostrar a la ciudadanía por qué el cambio resulta necesario, y ello sólo puede hacerse mediante el recurso al ataque (Ibíd. 10). El negativismo en política, provenga de los rivales o de los medios de comunicación, posibilita que la rendición de cuentas por la gestión realizada se alcance.

Mediante el marcaje al que se somete al poder, éste se vuelve responsable porque sabe que no conviene dar motivos adicionales de crítica al adversario, que empleará la publicidad política negativa para poner en evidencia sus políticas y desalojarlo así del poder.

Se crea entonces una dinámica competitiva que enriquece el mundo político en mayor medida que si sólo existiesen mensajes, discursos y promesas electorales propositivas (Ibíd.). Mediante el negativismo los ciudadanos ven aumentado el nivel de información disponible para decidir su voto.

Geer entiende que cualquier intento de reducción del negativismo político-mediático supondría hacer un flaco favor a la democracia, ya que implicaría la reducción de la capacidad de la oposición para hacer a los gobiernos responsables de su gestión (Ibíd. 162). Por ello, se concluye que en la medida en que el negativismo aumente en un determinado sistema democrático, lejos de implicar efectos perversos como la abstención o la polarización, se asiste a una mejora de la calidad de la propia democracia.

Referencias

– Ansolabehere, S. e Iyengar, S. (1995): Going negative. How Attack Ads Shrink and Polarize the Electorate. New York. The Free Press.

– Brooks, D. J. (2006): “The Resilient Voter: Moving Toward Closure in the Debate over Negative Campaigning and Turnout”. The Journal of Politics. Vol. 68. Nº 3.

– Castromil, A. R. (2017): Ciencia política para periodistas. Barcelona. UOC.

– Geer, J. G. (2006): In Defense of Negativity. Attack Ads in Presidential Campaigns. Chicago. The University of Chicago Press.

– Jamieson, K. H. (1992): Dirty Politics. Deception, Distraction, and Democracy. New York. Oxford University Press.

– Lau, R. y Pomper, G. (2004): Negative Campaigning. An Analysis of US Senate Elections. New York. RowMan & Littlefield Publishers.

– Patterson, T. E. (2003): The Vanishing Voter. Public Involvement in an Age of Uncertainty. New York. Vintage.

 

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