La vida es un caos

Si echamos la vista atrás no nos lo creeríamos ni en broma. Para nada. Puestos a pensar en desgracias colectivas, uno se hubiese imaginado antes una guerra más o menos cercana, el triunfo electoral de algún extremista iluminado o un accidente, qué se yo, nuclear o una catástrofe natural tipo terremoto o sunami

Pero no. Nada espectacular está sucediendo. Nada cinematográfico, de titular a cinco columnas en la prensa de antes.

Sin embargo, todos somos conscientes de que el caos ha llegado. De hecho, lleva ya un tiempo entre nosotros. Pero no ha sido nada escandaloso, dantesco. En apariencia, al menos. Nada de sangre derramada a borbotones, impactante en las imágenes de la televisión. Nada de declaraciones belicistas, de ejes del mal, de guerras de religiones intolerantes… Es como si lo que nos preocupaba hace solo un momento se hubiese quedado ridículamente obsoleto.

Lo que nos amenaza tiene, en cambio, la inquietante dimensión de lo microscópico. De lo que no se ve pero se nota. Nos ha convertido a todos en una especie de zombis detrás de nuestras mascarillas. Deambulando como autómatas por las calles, sin apenas saludarnos. Y los abrazos, por supuesto, prohibidos.

>>> Vídeo obtenido del canal de YouTube de Vetusta Morla

Lo cotidiano salta por los aires

La diminuta dimensión del bichito posee, paradójicamente, la enorme capacidad de destruir nuestra cotidianeidad. De trastocar nuestras vidas, llevándose a nuestros mayores con sus manos invisibles. Obligando a nuestros pequeños a permanecer encerrados en casa, como si hubiesen cometido algún delito del que ocultarse como ratas.

La amenaza pequeñita está también enfrentando a nuestros políticos. No se trata ya de cuestiones endémicas como la inmigración o la gestión económica. Aquí, en Madrid, la pelea toma la forma de un envite entre el gobierno autonómico y el central por la gestión de la plaga invisible. Algunos políticos lo ven claro, otros no lo terminan de ver. La miopía, en estos casos, cuesta vidas.

El Coronavirus va camino de robarnos un año de nuestras vidas. En mi caso concreto, el paso del tiempo comienza ya a darme un poco igual. Resulta curioso, cuando uno lleva ya cumplidos unos cuantos años, las agujas del reloj tienen menos importancia que antes.

No se tienen tantas prisas como con los 20. Es como si ese “vísteme despacio que tengo prisa” cobrase ahora todo su significado.

¿Pero qué sucede con jóvenes y adolescentes? Me imagino en mi época de estudiante atolondrado en Salamanca, con este virus en plena acción. Estoy seguro que lo llevaría fatal. Confinado en casa o teniendo que apurar mi última cerveza porque el bar cierra a las doce, como le sucedía a Cenicienta.

¿Y qué pasa con las personas mayores? Como la abuelita que visitaba, hace ya demasiados meses, una vez a la semana. ¿Cuántos abrazos tenemos pendientes? Ella, en los 90 ya bien entrados, no tiene conciencia de su prohibición. Siempre sueña con que el jueves que viene podremos volver a vernos. Un jueves inalcanzable que nunca llega. Que se ríe de nosotros.

La vida es un caos, para todos. Solo queda resistir, caminar estúpidamente hacia adelante a la espera de que amaine la tormenta.

¡Salud y tele ciencia!

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