Los problemas de la opinión pública (Price)

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Por Antón R. Castromil / Contacto

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¡Ojo! El siguiente texto puede contener extractos literales de la obra de Vincent Price que se cita al final del artículo. En esta web estamos en contra de la piratería y de la citación anónima.

A pesar de que el uso del término opinión pública es moneda corriente, para Price, su empleo continúa siendo controvertido. ¿La opinión pública se considera la suma de puntos de vista individuales o, por el contrario, un producto colectivo fruto del debate?

El concepto de opinión pública tiene su origen en la Ilustración, aunque suele acudirse a precedentes remotos en las figuras de Platón y Aristóteles.

En la mayoría de autores el concepto de opinión pública toma una forma peyorativa, de origen platónica. Sin embargo, existe un segundo sentido de opinión que se considera equivalente a las normas sociales. Tal es el punto de vista de teorías como la espiral del silencio. En este caso, opinión pública toma la forma de presión y control social.

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El nacimiento de la opinión pública

La combinación de público y opinión en una expresión única, utilizada para referirse a juicios colectivos fuera de la esfera del gobierno que afectan a la toma de decisiones políticas.

Habermas (1997) indica que la Reforma, la difusión de ideas y el aumento del público lector, íntimamente ligadas al crecimiento del capitalismo y el dominio de la burguesía, con el tiempo dan como resultado la configuración de una esfera pública de razonamiento crítico.

Estos lugares eran los cafés de Inglaterra, los salones de París y las sociedades de tertulias en Alemania.

El libre intercambio de información y crítica, y el razonamiento abierto se convirtieron en los instrumentos del cambio.

La opinión pública emerge como una nueva forma de autoridad política, con la cual la burguesía podría desafiar al gobierno absoluto.

Habermas (1997) destaca las características de igualitarismo y raciocinio de la opinión pública durante la Ilustración. Se la considera procedente del discurso razonado, la conversación activa y el debate.

Este debate era soberano e igualitario y operaba independientemente del estatus económico y social de los participantes, abriendo camino más al mérito de las ideas que al poder político.

Tribunal anónimo

Pero la opinión pública era vista también como un tribunal anónimo e impersonal, una nueva corte que tenía muchos de los mismos atributos (infalibilidad, externalización y unidad) que caracterizaban a la antigua autoridad absolutista.

Esta noción de la opinión pública continuaría influyendo en el pensamiento hasta bien entrado el siglo XX.

Jackes Necker, ministro francés de Hacienda entre 1780 y 1790, utilizaba el término opinión pública para referirse a la creciente dependencia del estatus financiero del gobierno con respecto de la opinión de sus acreedores.

En la nueva formulación la opinión pública se resuelve mediante la suma de la opinión de individuos diversos, esto es, a través del gobierno de la mayoría.  Lo cual no quiere decir que el debate público no forme ya parte del conjunto.

En este contexto, los autores liberales consideran especialmente importante el papel de la prensa en tanto que parte esencial de ese tribunal de la opinión.

Tal visión de la prensa anticipó de forma significativa la noción contemporánea de libertad de información y la moderna condición de los medios de comunicación como vigilantes del poder.

Principales problemas relativos a la opinión pública

Los aspectos no racionales de la conducta pública fueron cuidadosamente estudiados en la última parte del siglo XIX por escritores que dedicaron especial atención a la conducta imitativa y al “contagio emocional” en las multitudes.

Se puede hablar, según Price, de cinco problemas básicos que acosan al público moderno, sujeto preferente de la opinión pública:

1) Falta de competencia: Las reservas respecto a la capacidad del público para dirigir los asuntos públicos datan de muy antiguo. Al menos desde Platón.

El principal argumento de autores como Lippmann (2001) tiene que ver con la idea de que la teoría democrática pide demasiado a los ciudadanos ordinarios. No puede esperarse de ellos que actúen como legisladores, que sean activos y se impliquen en todos los asuntos importantes del momento.

>>> Consulta también: Lippmann y la imposibilidad del gobierno de la opinión

El resultado, para Lippmann, es una patente desatención en el general del público y una clara falta de interés por las cuestiones políticas.

Y ellos es así porque, en realidad para Lippmann, el conocimiento exacto de los asuntos públicos en lo que debería basarse las decisiones sobre asuntos públicos, resulta inalcanzable para el ciudadano ordinario.

Los ciudadanos forman sus opiniones a partir de informaciones gravemente incompletas, manteniendo poco o ningún contacto con los hechos reales. Filtran lo que ven y oyen a través de sus propios prejuicios y temores.

En este sentido, Lippmann cree, destaca Price, que la prensa sólo contribuye a los males de la opinión pública.

Por todo ello, sería aconsejable abandonar la idea de la gobernabilidad democrática, de la esperanza de una opinión popular competente. La opinión pública moderna no puede mejorar a menos que una organización de expertos, un personal de las ciencias políticas, pueda hacer inteligibles los hechos invisibles para la mayoría.

2) Falta de recursos: Dewey consideraba que el problema de la opinión pública, sin embargo, tenía más que ver que con la falta de métodos suficientes para la comunicación pública mucho antes que con la incompetencia del público señalada por Lippmann.

La respuesta, en parte, es la educación. La idea era un tipo de ciencia social basada en la comunidad que difundiera sus interpretaciones al público por medio de presentaciones en la prensa popular.

La necesidad esencial, para Dewey, será la mejora de los métodos y condiciones de debate, discusión y persuasión.

Los ciudadanos no necesitan implicarse en todos los detalles del gobierno diario de lo público. Lo que los ciudadanos necesitan es un sistema político competitivo con un liderazgo fuerte con controversias y alternativas claras.

3) Tiranía de la mayoría: Un tercer problema que concierne a los analistas de la opinión pública tiene que ver con la posibilidad de que en ésta prevalezca una mediocridad de la opinión.

Que frente a amplias mayorías, los puntos de vista de importantes minorías, aun siendo válidos, no puedan hacerse valer con fuerza.

Este temor lo expresó en el siglo XIX Alexis de Tocqueville quien advirtió que en una sociedad de iguales los individuos de una minoría quedarán solos y desprotegidos frente a la mayoría dominante.

Noelle-Neumann reafirmó estas preocupaciones en sus investigaciones sobre opinión pública, refiriéndose al retraimiento de las minorías frente a las presiones de las mayorías como una espiral de silencio

>>> Consulta también: El mecanismo de la espiral del silencio

En fin, el poder de la mayoría podría resultar problemático con el tiempo. Para Price, una democracia debe cultivar una individualidad vigorosa en sus ciudadanos para asegurar que los asuntos minoritarios sean apoyados adecuadamente.

4) Susceptibilidad a la persuasión, especialmente a enunciados altamente emocionales y no racionales. Consiste en el uso de símbolos que unen emociones tras haber sido separadas de sus ideas.

En este punto, Price destaca la capacidad de los medios de comunicación para precipitar la conducta irracional de las masas. Durante los primeros pasos en el estudio de la opinión pública, su relación con la persuasión ha ido de la mano.

5) Dominio de las elites: Se trata aquí la cuestión de la domesticación de las creencias de la masa. La pasividad creciente de los públicos puede relacionarse con el dominio de la actividad política por parte del gobierno y de las elites.

Para Price (y Stuart Mill) la población (americana) ha sido transformada por los medios de comunicación en un mercado que consume, más que en un público que produce ideas y opiniones.

Referencias

– Habermas, J. (1997): Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Barcelona. Gustavo Gili.

– Lippmann, W. (2001): El público fantasma. Madrid. Genueve Ediciones.

– Price, V. (1994): La opinión pública. Esfera pública y comunicación. Barcelona. Paidós.

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